Consecuencias de la guerra de los mil días

Por : Jorge Villegas*, La guerra de los mil días, Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1978

Para un día como hoy (una efeméride al estilo de Jorge Villegas*)

Un día como hoy se vuelven a romper los diálogos.
Un día como hoy continúa, en amplias o menos amplias parcelas del territorio colombiano, el juego estúpido de la guerra.
La guerra se ha convertido en una especie de costumbre para los colombianos.
El siglo XX comenzó para este país con una, llamada de los “mil días”, de la que casi nadie conoce sus razones y sus gestas.
Para un día como hoy, reproducimos unas páginas de Jorge Villegas sobre el balance de ese importante y olvidado suceso.

La guerra de los mil días cierra el ciclo de las guerras civiles del pasado siglo. Fue la más larga, costosa y sangrienta de las numerosas contiendas que enfrentaron a los partidos políticos en sus brutales torneos por el poder y su consiguiente botín.

guerra-mil-dias-villegas1
La primera y más funesta consecuencia de la guerra es el arrebato de Panamá por los norteamericanos, apelando a la creación de una república « independiente ». En cuanto a los resultados de la contienda, medidos en números, es poco lo que puede decirse con absoluta certeza. Las cifras dadas en la época y las calculadas posteriormente difieren mucho. Citamos varias fuentes, para que el lector se forme una idea.

El número de combatientes se estimó en 110.000 hombres (75.000 por parte del gobierno y 35000 por los liberales). Teniendo en cuenta el total de beligerantes, parecen exagerados los cálculos de muertos, a pesar del encarnizamiento de la contienda. Jorge Holguín los estima en180.000; Luis Eduardo Villegas en 100.000; el coronel Leonidas Flórez Alvarez los calcula en 60.000.

Igualmente discrepantes son los cálculos del costo de la guerra: 25 millones de pesos oro según Jorge Holguín, 75 millones de acuerdo con Eduardo Silvestre y 370 millones según estimado de Luís Eduardo Villegas.

Los precios de los víveres y artículos de primera necesidad se salieron del cauce, desbordados. Fue tal la escasez y carestía de alimentos. que para marzo de 1901 el gobierno decretó la importación de víveres durante la contienda, hasta 60 días después de su terminación. El salario de los trabajadores no subió al mismo ritmo de los precios, tornándose más aguda la situación de los asalariados.

Las tarifas de los transportes también se encarecieron: primero los fletes de mulas por su escacez, luego los fletes fluviales (de 40 barcos existentes en el río Magdalena. al comenzar las acciones, quedaban 18 al final) y las tarifas del ferrocarril. El problema de los excesivos costos de transporte se agravó aún más por la guerra.

Los productos de exportación (en especial cueros y café) se arrumaron por años en los puertos sin poder salir a los mercados. A su turno. las importaciones prácticamente cesaron.

En el interior de la nación, las consecuencias no fueron menos graves. La descripción de los pueblos de las riberas del río Magdalena puede darnos idea del estado de postración en que quedaron grandes regiones del país:

La poblaciones han quedado casi desiertas y muchos de sus habitantes reducidos a la miseria. se han visto precisados a refugiarse en los montes. Una de aquellas poblaciones llegó a presentar después de un combate el cuadro más horroroso que se pueda imaginar: montañas de cadáveres en putrefacción mezclados con los heridos impotentes para levantarse de un lecho de corrupción donde expiraban en medio de lamentos desesperados, caballos mutilados por las llamas con los ojos quemados y fuera de las órbitas y que apenas sentían los pasos de algún transeúnte trataban de incorporarse y seguirlo como en busca de auxilio, casas reducidas a cenizas, charcos de sangre en las calles. Todos los pueblos de las orillas del Magdalena están devorados por la vegetación espontánea del suelo, y sólo se descubre en muchos de ellos tal cual techo pajizo que asoma por encima de los arbustos. Poblaciones florecientes en otra época, como Magangué, han perdido su comercio y retrocedido a un estado primitivo. Largos años serán necesarios para reparar las pérdidas.

Sin embargo, se dijo que la guerra no había sido suficiente: todavía se oye decir que si las cosas no están del todo bien fue porque nos faltó un poquito más de guerra: a la hoguera le faltó calor, no dio punto. Un año más de matanza y todo habría quedado como debiera (1).

Una de las peores secuelas de la guerra son los odios heredados que se suman a los creados al calor de anteriores guerras y que alimentarán los del futuro. La paz de los ejércitos llegó tres años más tarde. Pero la paz de los espíritus tardó más tiempo. Du rante años continúan las retaliaciones. Veamos dos ejemplos individuales:

…en el sitio denominado Pelahuevos. sale de la espesura una perdigonada que certeramente hace blanco en cl general Gallo, quien cae de su cabalgadura, muerto instantáneamente. ¿Quién paveó al general Gallo? No tardó en saberse; fue Joaquín Rojas Montañés, el autor de ese inútil y repugnante crimen, quien huyó al Quindío. Carlos Mejía, coronel gobiernista, logró aprehenderlo en la región de Armenia; decapitólo, y ensartando la barbuda cabeza en una asta, trájola a Ibagué. Trece años después todavía se vertía sangre como consecuencia del crimen de Pelahuevos. Pasada la guerra. Carlos Mejía se internó en la región de Chili, donde abrió en la montaña una buena hacienda. Por allá se había ido a vivir el hijo de Joaquín Rojas. Un día, Mejía iba para la casa de su hacienda, con dos amigos. Ya cerca de la casa, en un canjilán que formaba el camino, de repente, del bosque que bordeaba el camino, llamaron a Mejía: Carlos. Vuelve él a mirar y en el acto suena el disparo y Mejía se desploma de su cabalgadura. con el cuerpo acribillado de balines (2).

Así, entre extraños y entre hermanos, la venganza sigue cobrando sus atrasadas cuentas:

Alí Villanueva era uno de los oficiales más destacados por su bravura entre esos hombres bravos. Marcelo Sánchez, su primo, militaba en las filas contrarias. Marcelo se llegó a la casa de la familia de Alí y tras de proferir algunos insultos contra el pariente, se atrevió a dar unos latigazos a la madre de éste. Terminada la guerra, Alí Villanueva fue uno de los que no hicieron acto de sumisión al gobierno y anduvo largos días de escondite en escondite, escurriendo el bulto a las comisiones militares que lo buscaban. Un día logró salir y se fue en derechura a la casa de Marcelo, presentándose a la puerta de ésta cuando su primo descansaba en un taburete recostado a la pared, y sin darle tiempo a que saliera de tamaña sorpresa, le previno que se plantara como hombre porque lo iba a matar. Marcelo intentó huir, pero apenas emprendía la carrera cuando cayó sobre él la certera lazada del rejo de Alí, que lo sujetó y lo derribó. Con el rejo atado a la cabeza de la silla, como cuando se acciona un novillo, Alí salió despedido a todo galope de su cabalgadura, llevando a rastras a Marcelo, cuyo cuerpo fue despedazándose contra las piedras del camino, de suerte que cuando Alí recogió el rejo sólo quedaba, perdido en el llano silencioso, el cadáver mutilado del que había sido su malaventurado primo (3).

Esta infinita espiral de odios crecientes seguirá latente. A la menor coyuntura, afloran en toda su brutalidad, en el futuro próximo, abundarán las coyunturas.

(1) « Faltó un poquito más de guerra », El nuevo Tiempo, 10 de febrero de 1903
(2) Gonzalo París Lozano, Guerrilleros del Tolima, s.f.
(3) Ibid

*Jorge Villegas Arango (1932-1977)

villegas-arango2
Arquitecto, investigador y comprometido intelectual, viajo a Cuba por solidaridad, en 1962, cuando el desembarco invasivo de Estados Unidos. Se quedó casi dos años viviendo allá, enamorado de la isla y del proceso y de una cubana que conocí.

Al regreso de Cuba comenzó, por una íntima convicción, a investigar sobre las mentiras de la historia oficial colombiana. La separación Iglesia-Estado fue una de sus obsesiones; a través de esa lucha estructural comenzó a interesarse por el siglo XIX. La propiedad de la tierra era vista con una agudeza que dio pie a una verdadera escuela histórica colombiana. Cuando llegó a investigar la guerra de los Mil Días, basado en las memorias de Lucas Caballero, ya tenía una idea totalmente formada de lo que había pasado, estaba pasando e iba a pasar en Colombia.

Fundador original de la revista Alternativa, al poco tiempo se desentendió de la producción y orientación de la misma, por una mezcla de seguridad de que lo estaban haciendo bien las divas que quedaron al frente, pero también porque quería hacer otras cosas y además porque tenía que vivir en Medellín, pues la altura de Bogotá le afectaba una debilidad del corazón.

Antes de Medellín, trabajó en el Dane y allí inició la lectura obsesiva de periódicos que culminaron con esa pieza maestra de la historiografía de fuente periodística que fue Sucesos Colombianos 1900-1925.

Su insuperable investigación sobre el petróleo en Colombia, en sus dos versiones, la corta y la extensa, fue material de estudio de los sindicalistas a quienes les entregó la obra mimeografiada en Barrancabermeja. Él picaba los esténciles y luego imprimía las primeras trescientas copias.

Así era en todo: sencillo y entregado. He hablado con antiguos sindicalistas que lo recuerdan regalando la obra en la cafetería del sindicato. Se iba aproximando a su momento. Alcanzó a ofrecerle una candidatura presidencial a Gabo en julio de 1977, pues estaba convencido que la cultura de Gabo era popular, como la del Culebrero o la de Crescencio Salcedo, otras de sus investigaciones. En esas murió.

Manuel Hernández
Colombiano, escritor y profesor de Literatura
Noviembre de 2014