Descolonicémonos: en minga llegaremos al poder

Por: María José Pizarro

Las crisis que viven hoy el Estado, la política, la economía y la sociedad en su conjunto, son el resultado directo de siglos de colonialidad, es decir la persistencia de un régimen de dominación bajo los mandatos de la colonia. El pasado 12 de octubre no fue una celebración, sino un acto de conmemoración de la resistencia para reconquistar la autodeterminación y autonomía de los pueblos originarios y del pueblo colombiano en su diversidad.

A partir de la conquista, se establece de manera hegemónica un nuevo paradigma que ha consolidado una lógica racista, patriarcal, clasista, excluyente, explotadora de la vida y depredadora de la naturaleza. Lo anterior constituye los pilares de la identidad dominante, contra la cual millones de colombianos han luchado y resistido. Esa hegemonía, producto del imperialismo occidental, ha pretendido imponer una única forma de ser, pensar y actuar, y ha permanecido sin ser alterada en el transcurso de los pasados siglos. Lo que presenciamos en la actualidad es la perpetuación de un sistema de ideas y prácticas que niegan, subordinan o aniquilan la diversidad, es decir la negación de la vida. Desde 1492 hasta hoy ha primado en Colombia una política de muerte y saqueo.

Violar, matar y pillar ha definido la experiencia del poder en nuestro país. La permanencia en el poder de las castas dominantes desde la llegada de los conquistadores hasta hoy se ha basado en la endogamia de las mismas familias detentoras del poder con la exclusión del resto de la sociedad de los espacios de toma de decisión. Ha sido por siglos un sistema de gobierno fundado en la prevalencia de los intereses de los dominantes, los cuales entran en choque de manera incompatible con los modos de vida de las comunidades de pobladores nativos y esclavizados, éstos basados en la armonía y el respeto de los ciclos vitales de la naturaleza.

Junto con su sed de sangre y de oro, los conquistadores arrasaron con todo lo existente y dejaron como herencia una serie de valores que han corroído el tejido social y que hasta hoy han prevalecido: la codicia, el individualismo, la competencia, la explotación, la deshumanización y sus impactos en las mentes y cuerpos de los habitantes de Colombia.

La conquista imperialista y colonial fundó un orden desigual, discriminatorio y criminal en contra de todos los que no pertenecemos a la oligarquía. La desigualdad entre sexos, colores de piel, entre ricos y pobres, entre lugares de residencia, entre estratos, fija una sociedad segregacionista, deshumanizante y estructuralmente violenta. Impera desde entonces la ley de la desigualdad, una ley que te niega el ejercicio y el goce de tus derechos a razón de tu propia existencia, como lo describe tan brillantemente Frantz Fanon en el título de su obra Los condenados de la tierra. Ese mismo orden que establece el privilegio de unos seres humanos para subyugar, dominar y destruir a otros seres humanos. En cualquier territorio donde rija ese orden inicuo no habrá vida digna para los oprimidos.

Según la insensatez de la casta dominante, la finca Colombia les pertenece, y al igual que hace 500 años, la naturaleza está para ser acaparada y destruida, y el destino de quienes “ocupamos” sus dominios, es la violación, la masacre y la explotación. El único cambio que nos proponen es el paso del látigo a la motosierra.

Una historia que se repite continua y cotidianamente, una historia de nunca acabar: un poder y unos privilegios exclusivos, con nombre propio, que no se comparten sino se heredan. Sin embargo, las mingas, los paros, las manifestaciones, las elecciones, han sido una demostración contundente, palpable y vibrante del estado de insatisfacción, de descontento, de movilización por un cambio histórico, por una democracia radical, por una paz real, que nos liberen a todes de ese estado de sujeción a ese orden anacrónico, inmoral y macabro.

Este momento nos convoca a ser sujetos históricos, a ser sujetos de cambio. Como comunidad enriquecida por su diversidad, lo que no une y reúne es el reclamo por la libertad y la igualdad que la Constitución nos enuncia. La emancipación de nuestra sociedad mestiza, indígena, negra, diversa y plural, se nutre de la fuerza con la cual buscamos transformar nuestras condiciones de vida y autodeterminar nuestro futuro. Desde la interculturalidad y la pluralidad, descolonicemos nuestras realidades. A través del diálogo y la reciprocidad, construyamos nosotres un poder popular, que nos permita asumir realmente las instancias ejecutiva, legislativa, académica, cultural e ideológica de nuestra sociedad.