El proceso de negociación de paz, las víctimas y la voz de los exiliados

Palabras pronunciadas por Imelda Daza Cotes, en el Segundo Festival por la paz realizado en Montreuil (Región parisina) los días 6, 7 y 8 de marzo.

Ciertamente el conflicto armado ha afectado, sin distingos, a buena parte de la población colombiana. El universo de víctimas es extenso y variado. La violencia y las agresiones, en sus múltiples formas, provienen de muchos frentes: grupos paramilitares, fuerzas armadas estatales, insurgencia armada, organismos de inteligencia gubernamentales, grupos de justicia privada y delincuencia común. Muchos de los sobrevivientes a la tragedia fueron obligados a desplazarse dentro de las fronteras del país, otros tuvimos que salir. Se agregan los migrantes económicos, desplazados transfronterizos, expulsados por la falta de oportunidades, también víctimas, así como los niños y jóvenes colombianos dados en adopción a familias europeas. Esto ocurre en un país incapaz de garantizar unas mínimas condiciones de vida a la mayoría de los ciudadanos.

Sumados todos, somos cerca de 6 millones los componentes de la diáspora colombiana, invisibilizados social y políticamente e ignorados por el establecimiento; hemos soportado con rigor el peso de una confrontación armada que se prolongó en el tiempo, pero cuyo fin parece cercano. El proceso de conversaciones y negociaciones que se desarrolla en La Habana entre la guerrilla de las FARC y el gobierno colombiano parece avanzar en la dirección que esperamos.

A nosotros, los obligados a dejar el país por la urgencia de proteger nuestra integridad personal y familiar se nos llama desplazados externos, exiliados, refugiados, asilados. Vivimos dispersos por el mundo. El riesgo de perder la vida aturde y el miedo es tal que no da lugar a pensar mucho acerca de a dónde ir. Cualquier sitio lejano se percibe como seguro
El exilio es una vivencia traumática, es desplazamiento, es dolor, es destierro, es ruptura brusca y radical de un proyecto de vida, es también una derrota. No importa a donde lleguemos, ni la condición social, económica o intelectual del desplazado, uno se enfrenta siempre a situaciones nunca imaginadas, a la pérdida de contacto con sus cercanos, al abandono de su espacio familiar, laboral, social y cultural, todo lo cual compromete el ámbito afectivo en medio de frustraciones y nostalgias que serán más o menos agudas dependiendo del contraste entre el país que dejamos y el país de acogida.

En el nuevo lugar los retos son muchos y de difícil manejo: el aprendizaje de una nueva lengua y de nuevas costumbres, el manejo de nuevos códigos de conducta, la reubicación laboral, otros climas, etc.

A veces la incertidumbre es tanta, que paraliza, frena los impulsos. Uno se ve enfrentado a sentimientos nunca antes experimentados: La pérdida de identidad, la sensación de no pertenencia, la soledad y aislamiento extremos, la transculturación, la transitoriedad, el deseo de recuperar lo perdido y el afán por rehacer los vínculos rotos abruptamente; todo es muy complejo, pero sin duda, las NOSTALGIAS son lo más tormentoso, transforman los recuerdos y nos falsifican el pasado que se vuelve ilusión y así, el país que dejamos a veces se torna bueno y la obsesión por el regreso se agiganta con el paso del tiempo. A esto se suma la sensación de abandono por parte de un Estado que ha ignorado siempre la diáspora, la dura realidad del exilio, de sus impactos y la vulneración de derechos que nos expone a la revictimización. Nunca ha existido una política pública que refleje y atienda las necesidades y urgencias de los colombianos en el exterior.

Esto y mucho más hemos enfrentado quienes ahora asumimos el reto de encontrar caminos de paz, tolerancia y reconciliación a través de la Verdad, la Justicia y la Reparación integral, todo lo cual ha de permitirnos un Retorno Digno, con garantías plenas, al país que nunca quisimos dejar. Este Festival es parte de esos propósitos y de la necesidad de hacernos visibles
La fuerza de los hechos nos convirtió en sujetos activos y compromete nuestra voluntad y nuestro esfuerzo en la recuperación de la Memoria para, a través de ella, conocer la Verdad que lleve a la Justicia y a la Reparación Integral, parte esencial del derecho al Retorno. Es que sin verdad no puede haber paz
Es urgente reconstruir el pasado que nos atormenta y recuperar la memoria de lo ocurrido. Este debe ser un acto político libre, espontáneo, voluntario, una práctica social para escucharnos, ejercitar la tolerancia, identificar las semejanzas y romper con la exclusión y la polarización. Es un ejercicio útil a la sociedad y a las víctimas que nos ayuda a interpretar mejor este presente que nos abruma y a vislumbrar el futuro con algo de certeza. Además como parte de un proceso de construcción, nos recupera el sentido de pertenencia, fortalece los lazos de identidad, refuerza el arraigo a una colectividad, a un territorio, reconstruye la noción de NOSOTROS y así nos ayuda a superar la sensación de extrañamiento que acompaña al retorno.

Los ejercicios de memoria colectiva son un mecanismo de resistencia contra el olvido y contra la repetición de los hechos y nos permite comprender que el retorno no se asemeja a una tarea interrumpida, es más bien un salto histórico para llegar a un territorio que ha sufrido transformaciones y cambios en todos sus ámbitos. Nunca regresamos al mismo lugar. La memoria es una aliada en este proceso porque permite reflexionar acerca de cómo era antes, cómo es ahora y qué implican las similitudes y diferencias, todo lo cual es fundamental en la construcción de futuro.

Desde luego, el Retorno plantea incertidumbres, retornar es mucho más que regresar. Ese volver y ese regreso hay que mirarlo desde la perspectiva de la memoria, para facilitar los encuentros, evitar los desencuentros y hacer que “la vuelta a casa” no se torne en un nuevo desplazamiento
Pero el retorno implica además una Reparación que posibilite el restablecimiento de nuestros derechos ciudadanos y el reintegro a la vida social y política con plena garantía de que los hechos que provocaron el exilio no se repetirán y en esto la Verdad vuelve a ser crucial. La memoria del exilio y la diáspora colombiana deberá tener como meta importante el justo reconocimiento del buen nombre y de la dignidad de las víctimas. Sólo así será factible tener confianza en la no-repetición de hechos victimizantes y sólo así será posible construir un futuro en paz.

Los actos de reparación que posibiliten un retorno digno son de diverso orden y tienen que ver con las garantías del Gobierno para la recuperación de los derechos ciudadanos, con la indemnización proporcional por los daños causados o a las situaciones gravosas en la vida de las víctimas y con el diseño de una política pública que defina las metas y los procedimientos para hacer efectivos todos los actos reparadores incluida la construcción de la memoria colectiva del conflicto con enfoque diferenciado y con perspectiva de género. La reparación integral tiene que ver, por supuesto, con la Verdad y el derecho a conocer lo que sucedió, saber quién o quiénes fueron los victimarios, la ubicación de los restos de familiares desaparecidos, la restitución de tierras usurpadas, así como con el derecho a la investigación de los hechos que afectaron a las víctimas y la correspondiente sanción a los responsables.

Para el caso emblemático de la UP la reparación integral debe partir del reconocimiento del GENOCIDIO político que condujo a su desaparición del escenario político y obliga al estado colombiano a un proceso de reparación integral con medidas que combinen enfoques no sólo restitutivos y compensatorios sino transformadores.

Los colombianos desplazados al exterior pretendemos el reconocimiento de lo que significamos como víctimas, una fuerza política y social que tiene mucho para aportarle al país y al proceso de paz, somos un pilar fundamental en la construcción de democracia y exigimos del gobierno la definición de una política pública de migraciones con una Cancillería que se ocupe y sirve a los nacionales en el exterior.

Para lograr que nuestra lucha sea efectiva es menester romper el silencio de tantas décadas. Tenemos que hacernos visibles, que nuestras voces se escuchen y que sea unánime el grito que clame por un BASTA YA!!! No más ignominia, no más guerras, no más víctimas.