En Bogotá: literatura y exilio

Juán Manual Roca, Victor Rojas, Catalina Amaya
Juán Manual Roca, Victor Rojas, Catalina Amaya
En la sala de conferencias de la librería de la Universidad Nacional de Bogotá, el 4 de julio, el escritor colombiano Víctor Rojas, presento su libro Vuela pluma, ocho textos que hablan del exilio y la palabra. Rojas, exiliado él mismo en Suecia, leyó un fragmentos de un relato donde narra las peripecias del destierro de Carlos Vidales, uno de los grandes intelectuales de Colombia fallecido en noviembre pasado, tras 30 anos de exilio, en ese frio pais escandinavo.

El poeta Juan Manuel Roca, artifice de este homenaje a la poesia en el exilio, resaltoel el legado de Vidales «aquel que nos enseñó tanto desde la historia, la literatura, la poesía, el anti-dogma y, sobre todo, desde la fraternidad, a caminar por el mundo » dijo Roca.

Al evento asistió un numeroso público que mostró gran interés por saber del mundo de los exiliados colombianos.Varios de los asistentes tomaron la palabra para expresar sus opiniones acerca del fenómeno del destierro colombiano. El evento estuvo moderado por Catalina Amaya quien a nombre de Ciudadan@s por la paz en Colombia, invitó al público para que el 20 de Julio se haga una jornada donde se exija el cese bilateral del fuego en la cruenta guerra que azota a Colombia.

En el acto Juan Manuel Roca pronunció la siguientes palabras:

EL VUELO DE LA PLUMA

Los ocho textos que componen “Vuela pluma”, oscilan entre el relato y la crónica. Les sive como nexo el quehacer de alguien que, por conocerlo en persona, no nos soprende su destreza y amenidad, dada su capacidad narrativa, su minuciosa y aguda voluntad oral para evocar sucesos y enlazarlos con pequeñas historias. Con asuntos de entrecasa y con una particular erudición que tiende un arco espléndido entre Colombia, su pais natal, una nación que ama por encima de sus dolores, y una Suecia que lo ha acogido y colmado de premios y distinciones en su exilio de 30 años, de seis lustros de desterrado.

Iba a calificar de duro el exilio, pero hacerlo resulta una tautología pues dureza y destierro, enajenación y ostracismo, lengua nativa y lengua de transterrado siempre se hermanan en el exilio, son palabras siamesas.

La manera como Víctor Rojas teje asuntos y poéticas de las sagas de Islandia y la realidad actual del mundo a través de sutiles analogías, su pasión escalda y su inquebrantable visión política del ahora; la forma como puede pasar de las kenningar y las literaturas germánicas del medioevo a la descripción de un aguacero bogotano, quizá esté amparada por “el ángel de los trotamundos”, ese que también amparó al portento de Carlos Vidales y el camino de muchos amigos latinoamericanos, entre ellos el de nuestro amigo uruguayo Pepe Viñoles.

Seducen las narraciones de Víctor Rojas, los descubrimientos literarios sin pedantería, desde la sencillez que lo acompaña en todos sus actos a la hora de su escritura. Y conmueve, en muchos sentidos que, bordeando la tragedia personal del ostracismo, no lo desamparen ni el humor ni la fraternidad ni la poesía. Todo esto lo hace con la misma vitalidad con la que imagina que “los vikingos saquean a París”, ya que él se dedica al saqueo amoroso de saberes e intuiciones.

Así, en su texto “Una mirada al exilio”, nos recuerda de un primigenio exilio, el perpetrado por un arcángel en el mal llamado Paraíso, en uno de esos condominios de la denudez donde Eva y Adán vivieron hasta que los visitó, primero el deseo, y luego un expropiador o un ezbirro para-celestial envuelto en plumas, en una historia que inagura el desplazamiento y la manía de correr cercas, como si Dios fuera el gran latifundista.

Luego, en esta historia de exilios, Rojas se remonta a Grecia, que también expulsó a algunos de sus más notables hombres a causa de sus inquietudes políticas. Claro que a la par del destierro viene su contrapartida: la creación literaria como defensa, el atrincherarse en la palabra para salvaguardar el pellejo y la imaginación. Por eso Víctor nos recuerda que, de no haber existido el exilio forzado, Ovidio quizá no hubiera escrito “Tristia”, “el canto más desgarrador que bardo alguno haya escrito sobre este tema”.

En ese mismo capítulo, el autor de “Vuela pluma” nos recuerda, saliendo de la Grecia clásica, que en una cárcel de Honduras alguien sentenció en una de las paredes de su celda “la maldita trinidad de los perseguidos”, ese trípode sangriento conformado por “el encierro, el destierro y el entierro”.

Como quien dice, cárcel, despojo y sepultura, han sido tres estancias e instancias de las que no han escapado muchos exiliados de América Latina, para no mencionar sino este continente, que tanto sabe de expulsiones tras las dictaduras militares o las persecuciones orquestadas bajo el capuchón de algunas democracias, y aún por esa otra forma de la violencia que es el exilio propiciado por razones económicas.

Acá, en este punto, me gustaría recordar al escritor chileno Luis Sepúlveda. El notable narrador hubo de salir de Chile durante el gobierno del tiranosaurio Augusto Pinochet. Perdió su nacionalidad, fue declarado apátrida, como alguna vez lo fuera Rilke, y hacia 1986 recibió una misiva en que le decían que “depositara un dinero para recuperar su nacionalidad”, según cuenta el mismo Sepúlveda. Con humor, dignidad y no poca ironía, el escritor respondió a las autoridades que le anunciaban su reinserción a una nacionalidad que en verdad nadie podría pretender enajernarle: “me la quitaron gratis y me la devuelven gratis, así que sigo sin ser chileno”.

Cruzan el libro una legión de seres acosados y a la vez luminosos, como la formidable poetisa María Wine, que sabía que “el cuchillo en realidad es un rayo atrapado”, quien fuera la esposa del legendario Arthur Lundkvist, un hombre grande que tras negarse por años a pertenecer a la Academia Sueca, aceptó un escaño en ella para beneficio de América Latina, pues fue el impulsor decisivo de las letras de este continente y en alta dosis gestor de los premios Nobel para Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Octavio Paz.

Es detacable en el libro la presencia de Imgard Pingel, madre de nuestro entrañable poeta Lasse Söderberg y la primera en traducir al sueco “La vorgágine” de José Eustasio Rivera. También hay algunas infidencias históricas, como la revelada por María Wine, de cómo Neruda le manifestó a Lundkvist que el premio Nobel a Borges “no habría sido visto con buenos ojos”. Los suyos, por supuesto.

Hay también una divertida crónica del encuentro de Rojas con el poeta nadaísta Elmo Valencia, muy aguda y sin duda tocada por la gracia, a propósito de un libro del escritor caleño que no se publicó por parte de “Simón Editor”, la editorial de Rojas. Los singulares episodios patafísicos que rodearon ese encuentro dan cuenta de la capacidad que tiene el autor para no exiliar ni el humor ni la burla de sí mismo, inclusive, ni para la observación aguda del buen narrador que lo habita.

Es bella la semblanza de Tomas Traströmer, a quien Víctor Rojas ha traducido al castellano, de un encuentro en la ciudad de Malmö poco antes de recibir el muy merecido premio Nobel. Traströmer, un noviembre de 1990 “sufrió una apoplejía que lo condenó a ser un poeta sin lenguaje oral”. El poeta habría de recibir años después, como en una bella paradoja, de parte de la Academia Sueca su legendario premio, entre otros motivos, “por ofrecernos unas imágenes densas y diáfanas, una nueva vía de acceso a lo real”.

El libro de Víctor Rojas cierra con un sentido texto que pendula entre la semblanza y la crónica, a propósito de nuestro amigo, familiar y maestro Carlos Vidales, aquel que nos enseñó tanto desde la historia, la literatura, la poesía, el anti-dogma y, sobre todo, desde la fraternidad, a caminar por el mundo desde “aquellos tiempos oscuros en que no se podía jugar fútbol porque, según el dogma, la pelota era plana”. Y que también nos enseñó como un buen augur, a ver el porvenir: “Ver el futuro es lo más fácil del mundo: sólo hay que tener paciencia y esperar a que ocurra”.

Ese futuro señalado por Carlos y recogido por Víctor, estoy seguro que vendrá. Solo basta que un país como el nuestro, al que nunca han dejado ser, tenga más tiempo para mirar a sus grandes autores, y olvidar los transitorios. Sólo basta esperar, aún si fuera a Godot, pero animando la impaciencia.

Los que somos optimistas a pesar de nosotros mismos sabemos que un día pasará la niebla de olvido que el país oficial tiende sobre una legión de insatisfechos, tanto los que viven anclados al exilio como a un feroz inxilio en casa. Ya no serán solamente nombres de paso, frutos de temporada. Sin duda Carlos Vidales será uno de ellos.