¿Es el exilio cuestión de cobardes?

Una reflexión sobre si ¿es cierto que la cobardía del dirigente político se castiga con el exilio?

Hace un par de noches, la ausencia del sueño me llevó a un encuentro virtual con uno de los militares argentinos más controvertidos del siglo pasado. Me refiero al general Juan Domingo Perón. Sucedió que por casualidad mis dedos escribieron su nombre en mi procesador y en la pantalla aparecieron varios ensayos sobre sus vivencias, leí algunas a vuelo de pájaro, por supuesto. En esas vicisitudes transcurrió la noche casi sin darme cuenta. Al amanecer un par de espinosas reflexiones me mantenían aún más despierto. La primera. ¿Es cierto que la cobardía del dirigente político se castiga con el exilio? Eso en vista de que uno de los ensayos tildaba a Perón de cobarde al no haber enfrentado el golpe militar que sus propios compañeros de armas le habían propinado. La segunda inquietud tenía que ver con la similitud entre las hazañas políticas de Juan Domingo Perón y las del general colombiano y boyacense, Gustavo Rojas Pinilla.

Vamos por partes. Todos sabemos que en el entendimiento de los pueblos el precepto cobardía significa carencia de valor. Sin embargo, en los marcos políticos esta palabra pierde su esencia para convertirse en una táctica, por demás oportuna pero que requiere, eso sí, de valentía para poder asumirla. Veamos, la índole del vocablo, en política, pasa por una serie de juicios que tienen que ver fundamentalmente con la correlación de fuerzas. Me atrevo a afirmar que a nadie, ni siquiera a quien cultiva el espíritu de mártir, le agrada saber que ante una coyuntura determinada su fuerza es inferior a otra. Es por eso que un acto sublime de valientes es retirarse de una contienda que no augura victoria. O que si la augura es como esa que libró Pirro, el famoso monarca de Epiro. Como sea, Perón manifestó, cuando los bombardeos golpistas cobraban las primeras victima mortales, que se retiraba de la presidencia porque no quería ver más derramamiento de sangre popular. Ese es otro juicio, de corte filantrópico, que también tiene que ver con el tratamiento que se le dé a lo que algunos llaman cobardía. ¿Es el sentido de la responsabilidad política quizás otro elemento a tener en cuenta?

Como vemos, en este par de ligeras comparaciones, la cobardía y el exilio en nada tienen que ver. El singular gesto de Perón enseñó que si bien el destierro es una derrota, desde él se puede trabajar para voltearlo hasta convertirlo en victoria. Desde el exilio se deben cavar las trincheras que ayuden a cambiar la correlación de fuerzas. Perón no se echó a rumiar el duro pan del destierro sino que se dedicó con paciencia a cambiar la correlación de fuerzas. Sencillamente comprendió que los grandes movimientos son lentos y que las grandes alamedas sólo se abren cuando las condiciones estén dadas. Y para eso hay que ayudar a crearlas. Con todo respeto por la historia y por el destino de las grandes decisiones, me hubiera gustado más ver a Salvador Allende organizando la resistencia desde el exilio que enfrentándose a los cañones con una pistola de espantar ladrones.

Sin moler a nadie a palos, el militar Gustavo Rojas Pinilla despojó del poder a un político instigador de masacres, Laureano Gómez. Eso, para recordarles a los jóvenes de ahora, sucedió en Colombia a mediados del siglo pasado. De esa manera Rojas Pinilla levaba anclas en el tormentoso mar de la política. Su viaje, de principio a fin, habría de surcar las mismas olas que Juan Domingo Perón surcó en su travesía. Ambos en una barca capitaneada por una mujer rondando los 25 años. La capitana de Perón se llamaba Evita, su mujer y María Eugenia, hija, la de Rojas Pinilla. Al primer puerto que el general colombiano se acercó fue al de donde se apaciguan los ánimos. Ofreció amnistía e indulto para los alzados en armas. Luego siguió su rumbo hacia las clases populares. En otro puerto les concedió a las mujeres el derecho al voto. Siete años atrás Perón había hecho lo mismo. A esas alturas, ya los vientos de la reacción empezaban a alborotar el mar que habría de llevarlo lejos de la costa. Pero tanto Perón como Rojas habrían de regresar con la fortaleza de los grandes timoneles.

Por supuesto que existen más similitudes entre estos dos militares. Durante su exilio de 17 años, Perón, en su táctica de equilibrar la correlación de fuerzas, alentó el movimiento guerrillero Los Montoneros. En el año 1970 Rojas Pinilla se vio enfrentado a un gran dilema ocasionado por el fraude que le hizo la clase política en las urnas. El populacho enardecido al ver su voluntad timada, esperó durante un par de días a que el general llamara a la sublevación. No lo hizo porque tal vez consideró, como Perón, que si lo hacía y vencía, su victoria sería pírrica. Dejó las cosas de eso modo, prefirió el anonimato que el baño de sangre. Sin embargo, en su nombre se construyó el foco guerrillero M-19 cuyos militantes, al igual que los Montoneros, tenían siempre a mano una píldora de cianuro por si caían en manos del enemigo. Lo triste, y también coincidente, es que a los herederos de estos dos líderes les correspondió destruir todo lo que habían hecho. La viuda de Perón, se dedicó a perseguir comunistas y los nietos de Rojas Pinilla se consagraron a robar el impuesto que los pobres pagan. Esa parece ser una maldición echada sobre nuestros pueblos. Muchos años atrás el hijo mayor de Emiliano Zapata, le quitó a los campesinos la tierra que su padre les había repartido.

Víctor Rojas

tector@hotmail.com

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Jurista, escritor, reside en Suecia
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