Esperando a los elenos

Tomado de El Espectador, 9 mayo 2016

La noticia suscitó un gran respaldo nacional e internacional y generó mucha esperanza, particularmente en los movimientos sociales y sectores democráticos. Sin embargo, hoy no sólo no ha arrancado, sino que el proceso mismo parece estar en entredicho.

Técnicamente el ELN tiene razón en que aún no se ha pactado un cese al fuego y hostilidades y que fijar precondiciones de manera unilalteral no es conduciente para avanzar hacia la paz. Pero lejos de ser un tema meramente técnico, no se puede olvidar que se trata de un asunto esencialmente político.

A pesar de todas sus posibles justificaciones desde el punto de vista militar, no hay acciones de guerra más impopulares que las voladuras de oleoductos y el secuestro. La primera atenta contra los derechos de la naturaleza y hiere la sensibilidad de una sociedad cada vez más ambientalmente consciente. La segunda, es una práctica cruel, inhumana y profundamente antirevolucionaria. Por tanto, el repudio de la sociedad colombiana a ambas conductas es casi unánime.

El aporte más significativo del proceso con el ELN a la construcción de la paz es el de la participación de la sociedad. Es el tema primero y central de la agenda pactada. Si bien el mecanismo que se estableció en La Habana entre el Gobierno y las FARC -foros organizados por la Universidad Nacional y el PNUD- constituye un importante avance frente al despelote de las audiencias públicas de la época del Caguán, mucha gente se queja de sentirse por fuera del diálogo.

La participación de la sociedad es clave no sólo para las negociaciones de paz, sino como asunto fundamental para construir democracia. Pese a que la Constitución de 1991 estableció varios mecanismos de democracia participativa, algunos ni siquiera se han estrenado, el sistema sigue dominado por el clientelismo y la democracia colombiana hoy padece de un profundo déficit de participación. La sociedad colombiana, grotescamente desigual, golpeada por la violencia, con amplios sectores populares excluídos, requiere nuevos canales y lógicas de expresión colectiva con poder decisorio.

Por ello, el haber logrado que el Gobierno, reacio a la participación de la sociedad, haya aceptado ponerla como eje central del proceso es un gran acierto y triunfo del ELN. Pero también conlleva responsabilidades.

La sociedad colombiana, dividida y polarizada, hoy tiene pocos consensos, pero uno de ellos, sin duda, es el rechazo a la voladura de oleoductos y al secuestro. En consecuencia, el ELN debe suspender estas prácticas, no como una concesión al gobierno, sino como un reconocimiento a la sociedad que con razón han puesto en el centro del proceso.

Compañeros elenos, los necesitamos acá, al lado de los movimientos populares, que los espera con brazos abiertos, para constuir las transformaciones para la paz que requiere Colombia, y no allá en la guerra justificando prácticas mandadas a recoger.