¿Estamos preparados para el post-acuerdo?

Un fenómeno de *psicología colectiva* convoca a una reflexión sobre elestado anímico de la sociedad colombiana en relación con la paz del país.Nunca había avanzado un proceso con las FARC-EP, la organización insurgente más grande de todas las que han existido en la historia de la nación, tanto y tan metódicamente como lo ha hecho este proceso de La Habana, que ha ido superando dificultades, desconfianzas, inseguridades e incertidumbres para mostrar importantes resultados en materia de *acuerdos políticos* sobre una agenda que se ha enriquecido en la discusión.

No obstante, en ocasiones, da la impresión que a la mayoría de los colombianos le da lo mismo vivir en paz que en guerra. Ninguna motivación despierta en el espíritu colectivo las posibilidades de vida digna que se pueden abrir en un escenario de no confrontación, precedido de importantes transformaciones democráticas, ajustes institucionales y nuevas perspectivas sociales. El contagio de la multitud en las marchas y concentraciones populares despierta los estados anímicos de paz, que se disuelven en el escepticismo del universo de lo individual y en las relaciones intersubjetivas por lo general cargadas de desconfianza, inseguridades e incertidumbres. Parece que la paz careciera de contenido real, de atributos de persuasión colectiva, de su necesidad; una paz que aparece vacía de significado colectivo, de beneficio, de utilidad social o política.

Tal vez, la razón por la cual ocurre esto es que la guerra solo la ha padecido la población en el campo, la provincia, los sectores sociales rurales y campesinos. La guerra ha estado lejos de las ciudades, de sus habitantes, que saben de ella en la versión de los medios de comunicaciónen la comodidad de sus salas y habitaciones, sin sentir la crudeza de su tragedia. No es extraño que, de manera elemental pero contundente, amplios sectores de la población piense que en la agenda de conversaciones de La Habana, lo acordado, no tiene nada que ver con *las ciudades*, con lo urbano, que en su esencia es una agenda campesina, y que debe serlo así,porque es allí donde se ha desarrollado la guerra, de donde han salido las víctimas, donde se ha producido el desplazamiento forzado, el despojo, el desarraigo, las masacres, el reclutamiento forzado, los genocidios. En esa perspectiva, se dice que lo que llega a la ciudad son sus consecuencias,sus víctimas, las secuelas de la guerra cargadas de necesidades y reclamo de derechos. Pero esto, no es absolutamente cierto, porque también las ciudades han tenido sus particulares padecimientos en materia de accionesde guerra.

La ciudad tiene otros padecimientos, otras angustias, otros dolores, sus clases populares tiene otras agendas, al igual que sus clases medias. Les da lo mismo vivir en paz que en guerra, porque ni lo uno ni lo otro lo sienten tanto como la pobreza, el desempleo, el hambre, la ausencia de derechos, la inseguridad, la incertidumbre de porvenir que les ofrece el modelo económico. En las ciudades habita la incredulidad y la desesperanza, y no hay un lugar para pensar en la paz colectivamente como derecho síntesis, y se mira con curiosidad pero no es razón de sus entusiasmos. Se piensa desde el pesimismo colectivo y pueden tener razón cuando afirma que con la paz no va a cambiar nada…

Todo cambio esta precedido de una voluntad explícita de compromiso de transformación y eso no se ve. Los actos de gobierno, la agenda legislativa y la política de seguridad van en contravía de los acuerdos. La oferta de país al capital se construye sobre la entrega de los recursos estratégicos de la nación en las cumbres internacionales que se acompañan de mesas de mercado empresarial. No hay agenda macroeconómica para ofrecer a la población un futuro de posibilidades económicas que garanticen certezasesenciales de bienestar. La pobreza y el desempleo se reducen en las estadísticas oficiales pero crece en la realidad de los hogares; no cualquier cosa es trabajo, no cualquier forma de vida deja de ser pobreza. La indigencia se consolida con el salario mínimo y las nuevas formas de esclavitud laboral. La informalidad ocupa el 70% de la población económicamente productiva y hay una creciente ocupación generada por la delincuencia y crimen organizado.

Un panorama desesperanzador muestra la actitud de los empresarios en materia de mejoramiento de las condiciones de trabajo, salario y seguridad social. La equidad no se puede construir sin un compromiso social superior de los sectores económicos y empresariales, y una mayor redistribución social de la riqueza resultante del trabajo humano. El paro forzado no construye posibilidades para lo humano y conflictua lo social.

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