Exilio y Nostalgias

Fueron los griegos los inventores de la palabra democracia pero tambien fueron ellos los primeros en aplicar el exilio como castigo, expatriaban a los compatriotas que juzgaban indeseables.

Desde entonces la lucha por la democracia y la libertad ha sido una constante histórica y aún hoy, 25 siglos después, la intolerancia política, la ausencia de libertades y la injusticia siguen marcando la cotidianidad de buena parte de los pueblos del mundo. Colombia no escapa a ese conflicto. Los exiliados internos y externos nos contamos por millones. Desplazados, refugiados, asilados se llama a quienes hemos sido obligados a dejar el pueblo, la ciudad o el país por la urgencia de proteger la integridad personal. El riesgo de perder la vida aturde y el miedo no da lugar a pensar mucho acerca de a dónde ir. Cualquier lugar lejano se ve como seguro.

El exilio es una vivencia traumática, es desplazamiento, es dolor, es destierro, es ruptura brusca y radical de un proyecto de vida, para lo cual nunca estamos preparados. No importa el lugar de destino, ni la condición social o intelectual del desterrado, éste se enfrenta siempre a situaciones impensadas, a la pérdida del contacto con sus cercanos, al abandono de su espacio familiar, laboral, cultural y todo eso compromete el ámbito afectivo; saltan así las frustraciones y surgen las nostalgias que serán más o menos agudas dependiendo del contraste entre el país que se deja y el de acogida.

El trasplante intempestivo a una tierra nueva, a veces ni siquiera imaginada, nos somete a presiones enormes. Los retos son demasiados, el aprendizaje de una nueva lengua, la adopción de nuevas costumbres, el manejo de nuevos códigos de conducta, la reubicación laboral, la adaptación a otros climas, son cosas de difícil manejo. La incertidumbre es tanta que en ocasiones frena los impulsos y paraliza. El impacto emocional compromete la psiquis y uno se ve enfrentado a sentimientos quizá nunca antes vividos: La pérdida de identidad, la sensación de no pertenencia, de transitoriedad, la transculturación, el deseo de recuperar lo perdido y el afán constante por rehacer los vínculos rotos abruptamente; son todas cuestiones de gran complejidad, pero sin duda, las NOSTALGIAS son lo más tormentoso. La visión nostálgica nos transforma los recuerdos y nos falsifica el pasado que se vuelve ilusión, pero así nos resulta más agradable. El país que dejamos se vuelve bueno y la obsesión por el retorno se agiganta con el paso de los años.

En este proceso llevo ya 25 años. Dejé a Valledupar un 20 de julio. Un día de sol canicular, de bullas y tropeles. Me quedé en Bogotá. Creí que ahí podría vivir, pero no, los enemigos de la democracia, los amantes de la guerra, me querían más lejos. Intempestivamente tuve que salir sola para el Perú, sin mi familia. Tampoco allí pude quedarme, así es que forzada a cruzar el océano llegué a Suecia, al país donde se premian la paz, la ciencia, las buenas letras y se cultiva la democracia. Aquí se hicieron adultos mis hijos, mientras mi esposo y yo seguimos soñando con una Colombia en paz donde sea posible envejecer y morir sin premuras, de viejos, de cansancio o de hastío