Experiencia anticipatoria de la paz y la coexistencia para Colombia

Por: Jairo Guzmán, poeta, miembro de la revista Prometeo, animador del Festival de poesía de Medellín y de su escuela en los barrios populares.

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Acompañado y guiado por el poeta Jorge Torres, llegamos a Montreuil, ciudad distante a casi ocho kilómetros del corazón de París. Nos dirigimos a La parole errante, un inmenso Hangar de 800 metros cuadrados usado a principios del siglo veinte por Georges Méliès para filmar sus películas; a principios del siglo veintiuno, el dramaturgo y poeta Armand Gatti lo reconstruye y lo ofrece al servicio de todas las causas que alimentan el fuego de la renovación, la libertad y la justicia. Lugar que Gatti define como “una universidad para los desheredados, para aquellos que tienen una cultura por inventar”.

Es decir, hemos llegado a un lugar cuyo gestor es un hombre de una trayectoria impresionante en su lucha por la libertad y la paz. Escapó de las garras del nazismo, dado su carácter rebelde. La poesía lo fortaleció, desde sus diecisiete años y lo dotó de mucha fuerza creadora para la resistencia.

Allí, en La parole errante, tuvo lugar el desarrollo de este hermoso encuentro, el III Festival por la paz de Colombia. Memorias y justicia social, convocado por colombianos habitantes en París con gran capacidad organizativa y de convocatoria a un público multitudinario y maravilloso, que en su gran mayoría eran jóvenes de Colombia, Francia y diversos países latinoamericanos.

Fui invitado a participar, en la parte cultural de este evento, con la lectura de algunas reflexiones en torno al papel de los poetas y artistas en la construcción de una cultura de paz; con la lectura de poemas y en la presentación de las experiencias que desarrollamos en el Festival Internacional de Poesía de Medellín como acción transformadora hacia la paz y la coexistencia.

Este hermoso y ejemplar Festival, se ha erigido como la experiencia no oficial más importante de las que se han realizado en el exterior, con el propósito de apoyar la paz para Colombia.

Fueron tres días de intensas jornadas, nutridas de actividades como paneles, foros, conferencias, documentales y actos culturales en los que se hizo memoria y que nos mostraron caminos hacia el conocimiento de la verdad de nuestra historia, tanto tiempo disfrazada y ocultada a fuerza de terror y guerra psicológica mediática.

Hubo participación de las mujeres, haciendo sentir su voz y sus derechos; hubo importantes dilucidaciones acerca de los acuerdos de la paz en la Habana. También se propició la presencia indígena Guayúu-Quechua, con un esencial rito de reparación simbólica, en la gran ley del corazón para la sanación del mundo, por los niños de la Guajira, víctimas del hambre. Sembramos la paz para que echara raíces en Colombia.

Cada uno de los participantes del rito sembró, en tierra francesa, unos granos de maíz como símbolo de la paz y en ese hermoso sembradío circular se clavaron pequeñas banderas blancas: se hizo, de corazón, un cultivo para que la paz, en Colombia, enraizara.

En ese terreno de la reparación simbólica, se hizo una exposición colombo mexicana conmovedora, de pañuelos bordados por personas cercanas a las víctimas: bordaron en un pañuelo su memoria. Todo emanaba memoria y justicia social, alegría de espíritu esperanzador de todos los que lúcidamente dotaron de significación algo tan complejo como la paz.

El III Festival por la Paz de Colombia fue una verdadera práctica de la paz, un concierto de voces de pensadores, actores sociales, artesanos, artistas, estudiantes y trabajadores en la que los poetas también intervinieron con ponencias donde se hizo notable la importancia de la poesía y el arte como sanadoras de la herida que se ha realizado a la cultura y al lenguaje. También se realizaron lecturas de poemas y se compartieron experiencias constructoras de Paz, sustentadas en la expresión poética y artística.

Fue tan importante y formativa la programación del evento, que pudimos percatarnos de la presencia de jóvenes estudiantes de posgrados, en diversas ciudades de Europa, que se desplazaron a Montreuil para asistir y participar con su presencia, receptividad y asimilación de todo lo que se ventilaba en torno a todos los aspectos, expuestos y debatidos, relativos a memorias y justicia social para Colombia.

Fue esencial la participación de excelentes grupos de músicos y cantantes colombianos, que viven en Francia y que afirmaron el gran poder de coexistencia que se gesta mediante las potencias unitivas de la música y el canto, que caracterizan nuestra cultura e identidad de colombianos.

Otro motivo de unión y práctica de paz durante el evento, fue el disfrute de platos típicos colombianos. Era fascinante ver a cientos de franceses, colombianos y personas de otros países de Europa y Latinoamerica, compartiendo los alimentos de Colombia.

Me conmovió la gran afluencia de personas que hacían presencia desde el primer día de realización, el primero de abril. Percibí y me involucré en el gran oleaje desbordante de personas llenas de ritmo vital y gracia por la vida.

Fui testigo de la presencia de cientos de personas entre las que abundaban jóvenes, muchachas y muchachos de Francia, fusionados en auténtica amistad y coexistencia con los hijos de colombianos, quienes tienen en su médula toda la cultura e identidad de Colombia, invocadores y practicantes de la renovación espiritual, cultural, política y económica en el camino de la paz con justicia social para Colombia.

Una juventud comprometida, de mente abierta a la diversidad y la interculturalidad me dio ejemplo de verdadero amor a un país que tiene que surgir renovado de una tragedia de décadas de fratricidio.

Agradezco profundamente a los organizadores, a Inés Acosta, Carlos Marulanda, Jorge Torres, Efer Arocha, Alba, Hernando y a la bella legión de jóvenes y personas que con tanto profesionalismo, energía, lucidez y acciones consecuentes con la práctica de una cultura de paz, hicieron posible este ejemplar suceso que llena de mucha luz el camino hacia la renovación cultural y espiritual de Colombia.

Reafirmé un sentido de amor al país natal, al percibir esa fuerza esperanzadora emanada del diálogo inter generacional con la juventud colombo francesa, entrelazados en una práctica de la fraternidad mediante el canto, la danza, el amor, la poesía y la certeza de una Colombia renovada y en paz.

Considero que este Festival, en su estilo organizativo y programático, debe replicarse en todas las ciudades de Colombia, tan necesitada de acciones culturales constructoras de una cultura de paz y reafirmación en la certeza de un futuro promisorio.