El hombre tras el Acuerdo Especial

Por Alfredo Molano Jimeno

Tomado de El Espectador, 21 mayo 2016

Cuando pasen los años y el conflicto armado en Colombia sea memoria, en la cronología de los procesos de paz tendrá que aparecer un nombre afín a todos ellos: Álvaro Leyva Durán. La última evidencia es su papel en el diseño de la Jurisdicción Especial de Paz, que sienta las bases del modelo de justicia que se va a aplicar para satisfacer a las víctimas. Pero sobre todo, la concepción y el desarrollo de la idea de convertir lo pactado en La Habana en un Acuerdo Especial en el marco del Derecho Internacional Humanitario, ceñido a los límites de la Constitución.

Nacido en 1942 en Bogotá, en una familia de “la sociedad instalada”, como él denomina a la élite de los clubes y el poder económico, desde su infancia supo qué era tener privilegios, pero también qué significan la política y sus tremedales. Tercero de nueve hijos del exministro conservador Jorge Leyva Urdaneta y la artista clásica María Durán Laserna, pronto conoció el sinsabor del destierro. Cuando Rojas Pinilla derrocó a Laureano Gómez Castro en junio de 1953, su familia compartió el mismo destino del presidente: Nueva York.

Llegó a los 12 años, terminó su bachillerato en Estados Unidos, y aprendió a tocar violín en el Conservatorio de la capital del mundo. Regresó al país para estudiar Derecho y Ciencias Económicas en la Universidad Javeriana, mientras su padre se mantenía en los avatares políticos. Cuando emprendió su vida profesional, Colombia ya era otra. De la violencia partidista había pasado a la confrontación con la insurgencia y, a sus 28 años, debutó en la vida pública como secretario privado del presidente conservador Misael Pastrana, en 1970.

Le quedó gustando y a los tres años se probó con éxito en la política electoral en varios pueblos de Cundinamarca. Entonces ejercitó sus más características habilidades: escuchar –sobre todo a la gente mayor– , debatir con personas de todas las condiciones sociales, argumentar para convencer, enhebrar los hilos de la historia. Después de ser concejal y diputado, en 1978 salió elegido a la Cámara de Representantes por el “ospino-pastranismo”. Entonces, entre sus contradictores empezó a coger fama de insolente y engreído. “Francotirador”, llegaron a decirle en debates.

Mientras algunos hacían esfuerzos por conservar los rezagos del Frente Nacional, él sacaba su torrente verbal para desajustar los esquemas. En 1982, su estilo le dio resultado y con 120.000 votos y su consigna “Leyva responde” accedió al Senado. El nuevo presidente Belisario Betancur enarboló sus banderas de paz y no dudó en respaldarlo. Aunque dos años después ejerció el Ministerio de Minas y Energía, su labor principal fue integrar la Comisión Nacional de Verificación, organismo clave para los acuerdos de paz con las Farc.

En ese contexto, Leyva Durán inició sus contactos con la guerrilla, visitó sus campamentos, escuchó sus historias y construyó una relación con sus principales líderes que aún conserva. Pero también se ganó malquerencias, señalamientos y velados enemigos. En el plano público, no se cansó de advertir que las observaciones de la Comisión de Verificación del cese al fuego suscrita en 1984 no eran atendidas. Además, fue de los políticos diferentes a la Unión Patriótica que se atrevieron a decirle al Ejército que “actuaba como una rueda suelta en la política de paz del Gobierno”.

La historia le dio la razón. Los esfuerzos de paz de Belisario Betancur fracasaron porque la Comisión de Verificación no fue escuchada y “los enemigos agazapados”, que había denunciado el comisionado de Paz Otto Morales Benítez, terminaron imponiéndose. Para febrero de 1986, no solo la paz estaba lejos, sino que el propio Álvaro Leyva sufrió en carne propia los rigores de la estigmatización. En una gira política en Tudela (Cundinamarca), su comitiva fue atacada a bala. Las investigaciones que se anunciaron no dieron resultados.

Ya en el gobierno liberal de Virgilio Barco, con la violencia exacerbada y los colosos de la guerra a sus anchas, la tregua con las guerrillas se rompió del todo. Con las Farc, el puntillazo fue la emboscada a un convoy del Ejército en Caquetá en junio de 1987 con saldo de 27 militares muertos. Entonces Leyva perseveró en la búsqueda de la paz. El primer momento fue a raíz del secuestro del dirigente conservador Álvaro Gómez por parte del M-19 en mayo de 1988, cuando hizo parte de la comisión integrada para negociar su liberación.

El 20 de julio fue liberado Gómez Hurtado y Leyva animó los encuentros que impulsaron a la sociedad civil a recobrar los diálogos de paz. A finales de ese doloroso 1988, conocido como el año de las masacres, las Farc y el M-19 le hicieron saber al exministro su apoyo a la creación de una comisión para la cesación de armas, que él se encargó de promover. Su idea era integrar un grupo de cinco personas de resonancia nacional para examinar durante 30 días las condiciones y establecer diálogos directos entre Gobierno e insurgencia.

La respuesta de algunos sectores políticos fue acusarlo de obtener provecho económico de los secuestros. En el Congreso se oyeron voces señalándolo de “intermediario de la industria montada por el cura Pérez y Tirofijo”. En vez de amilanarse, Leyva persistió en su cruzada y en marzo de 1989 no sólo se creó la Comisión Promotora de la Política de Reconciliación, con la presencia de los expresidentes Alfonso López y Misael Pastrana, sino que las Farc replicaron decretando un cese unilateral del fuego que no duró mucho tiempo.

Ese mismo 1989 lanzó su primera candidatura presidencial, avalada además por un libro que dio de qué hablar: La guerra vende más, escrito para resumir sus acciones como mediador de los procesos de paz. Al final, el elegido fue César Gaviria y él terminó como constituyente en las listas de la Alianza Democrática M-19. Un escenario donde sacó a relucir sus dotes de legislador, sin ceder a sus detractores que lo calificaron de “estafeta de las Farc”. Sin pelos en la lengua, tildó de “vagabundo” al ministro de Defensa, general Óscar Botero, por sus señalamientos.

Entonces Leyva apareció protagonizando otro intento de diálogo. El 30 de abril de 1991, en compañía de una delegación política del Congreso y tres insurgentes de las Farc, el Eln y el Epl, ingresó a la Embajada de Venezuela en Bogotá para reclamar conversaciones de paz para la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. El gobierno Gaviria aceptó la propuesta y el 15 de mayo se hizo una primera reunión en Cravo Norte (Arauca), en la que se convino iniciar una mesa de diálogos en Caracas (Venezuela). El 3 de junio de 1991 se instaló el proceso.

Desafortunadamente no duró mucho. En febrero de 1992 se trasladó a Tlaxcala (México) y para mayo ya estaba desecha la mesa de negociación, por la muerte en cautiverio del exministro Argelino Durán. En entrevista concedida a Los Informantes, Leyva Durán recordó que en una de las crisis de ese proceso de paz lo llamó el entonces ministro de Gobierno, Humberto de la Calle, para pedirle su ayuda porque se venían las elecciones y no podían romper. Lo hizo, y aunque el proceso duró un poco más, no pudo sostenerse en el tiempo.

Cuando llegó la era de Ernesto Samper, en 1994, Leyva estuvo atento a colaborar, sobre todo porque el nuevo gobierno dio un paso crucial: la adhesión de Colombia a los Protocolos de los Convenios de Ginebra que le dieron vigencia al Derecho Internacional Humanitario en el conflicto armado de Colombia. No obstante, cuando se avanzaba hacia diálogos con las Farc con desmilitarización del municipio de Uribe (Meta), estalló el escándalo del proceso 8.000 y los esfuerzos de paz se fueron a pique. Leyva nunca dejó de ayudar.

La prueba es que cuando las Farc se tomaron la base de Las Delicias (Putumayo), en agosto de 1996, y además de 28 víctimas, se llevaron a 60 prisioneros de guerra, en el capítulo de 289 días de forcejeo entre el Gobierno y la guerrilla para liberarlos, uno de los negociadores fue Álvaro Leyva Durán. Aunque el gestor principal fue José Noé Ríos, el dirigente conservador prestó sus servicios y experiencia. El 15 de junio de 1997, en un área despejada de 13.161 kilómetros, los militares recobraron su libertad y las Farc anunciaron sus condiciones para un proceso de diálogo.

Sin embargo, antes de que la historia del Caguán tomara forma, Leyva apoyó otra iniciativa que terminó en escándalo. El dirigente liberal Juan Manuel Santos buscaba la salida de Samper de la Presidencia a través de un acuerdo con los grupos armados de distintos bandos. En un helicóptero del zar de las esmeraldas Víctor Carranza, Leyva acompañó a Santos a hablar con Carlos Castaño. También ayudó para que hablara con la guerrilla. Al final, el asunto no cuajó, como tampoco la Constituyente planeada.

En 1998, Andrés Pastrana le ganó la Presidencia a Horacio Serpa y el artífice del golpe mediático definitivo fue Álvaro Leyva. La foto en la que apareció Pastrana con Manuel Marulanda antes de la segunda vuelta fue determinante. La promesa fue un nuevo proceso de paz y todos sabían que Leyva iba a ser el hombre clave. Pero se atravesó el entonces fiscal Alfonso Gómez Méndez, quien lo vinculó a un expediente por supuesto enriquecimiento ilícito. Por fortuna para Leyva, el gobierno de Costa Rica le dio asilo en octubre de 1998.

El lío judicial le amargó la vida por seis años, lo marginó del proceso de paz y hasta fue capturado en Madrid (España) por la Interpol en 2002 y estuvo detenido por dos meses. En 2004 la justicia lo absolvió en dos instancias. Pero el capítulo más difícil de este viacrucis personal, lejos de Colombia y del proceso de paz en el que estaba destinado a ser protagonista, fue el asesinato de su mano derecha, el representante a la Cámara por Cundinamarca Jairo Rojas, ajusticiado por el paramilitarismo en agosto de 2001.

Cuando salió de esta turbulencia, Leyva volvió a Colombia y siguió en lo suyo. Entonces gobernaba Álvaro Uribe, y sacó a relucir la fórmula que llamó “el arca de Noé”, que consistía en parar la guerra seis meses y buscar consensos políticos. Era el final de 2005, pero Uribe sólo pensaba en reelegirse. Luego Leyva insistió en una zona de encuentro entre Pradera y Florida (Valle del Cauca), para negociar la libertad de los políticos y militares cautivos. Tampoco fue escuchado. Intentó el “Plan retorno a casa” en 2007 y fracasó de nuevo.

Aún así fue la persona que permitió recobrar los cuerpos de los once diputados del Valle asesinados por las Farc en junio de 2007. Nunca dejó de aportar ideas para solucionar el drama de los secuestrados, algunos hasta una década en las cárceles de la selva. Pero cuando sobrevino la Operación Fénix en marzo de 2008, en la que murió bombardeado en Ecuador el jefe guerrillero Raúl Reyes, fue uno de los dirigentes políticos y gestores de paz que fueron blanco de persecución judicial, por cuenta de lo que se quiso llamar la “farcpolítica”.

Hasta mayo de 2011, en que la Corte Suprema de Justicia dejó sin piso jurídico los computadores de Reyes, Leyva estuvo en la mira de las autoridades judiciales. Pero también tenía claro que lo suyo era prepararse para lo que se perfilaba como inminente: los diálogos de La Habana. Cuando se formalizó la fase exploratoria en febrero de 2012, el gobierno Santos advirtió que no habría mediadores. Un año después, el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, sin nombrarlo, lo acusó de reunirse con las Farc sin permiso del Ejecutivo.

Sin embargo Leyva, como lo comentó públicamente, no tenía que pedir permiso para ir a Cuba. Fue cuantas veces quiso y desde el mismo momento en que el proceso de paz se instaló en Noruega, vaticinó lo que iba a pasar: “A mí me da risa que se van a poner a hacer leyes para reglamentar no sé qué. Para eso están el DIH, la jurisdicción universal, los acuerdos especiales, los tratados de Ginebra y el bloque de constitucionalidad”. Hoy, ese camino se está recorriendo, la paz parece cerca y uno de sus gestores, público o a la sombra, soberbio o genial, es Álvaro Leyva Durán.