Kalmanovitz y la Universidad Nacional

Desde hace varios años, Salomón Kalmanovitz viene descargando sobre la Universidad Nacional una serie de críticas a su administración y a la calidad académica. Bajo la premisa, que pese a la fortalezas culturales e históricas, al número de sus doctores y la calidad de sus estudiantes, el desgreño administrativo ha dejado que se derrumbe la Universidad y se diezme su calidad, olvidando que ese desgreño obedece a que cada día la institución se sostiene con menos recursos, se endeuda más, pierde autonomía, saturan hasta lo indecible las cargas académicas, se disminuyen sus posibilidades de investigar por la precariedad de los recursos y por la búsqueda de recursos propios a través de postgrados y contratación se pierde las posibilidades de la extensión solidaria.

No se entiende como un economista como Kalmanovitz, adoratriz de la cliometría y la econometría, que reduce los problemas sociales a fórmulas matemáticas, estadísticas y contables, a través de las cuales se justifica cualquier política pública, porque lo que si está demostrado de manera irrefutable es que mientras en las cifras disminuye la pobreza y el desempleo en la realidad crece, piense que la critica situación de la UN se puede administrar mejor en un universo creciente de responsabilidades institucionales que se deterioran ante las limitaciones de todo tipo, porque no crecen sus presupuestos, no aumenta su planta docente, se degradan sus sistemas de contratación laboral, se deteriora su planta física y su logística científica se renueva con paquidérmica lentitud, mientras la institución recibe todos los calificativos de problemática y conflictiva, por tratar de desarrollar el pensamiento crítico, fundamento esencial de una auténtica democracia y generador de movilización como única posibilidad de visibilizar sus problemas y luchar por la defensa de lo público.

Nunca la Universidad Nacional de Colombia se ha mirado su propio ombligo de forma lastimera. Ésta ha buscado, en medio de la adversidad política, mantenerse libre de la influencia partidaria, respondiendo de la mejor forma posible a la finalidad para la que fue creada: ayudar a construir el proyecto de Nación y contribuir desde la ciencia y la cultura a resolver los problemas de la sociedad colombiana creados por las élites sociales, políticas y económicas del País. La pobreza, la marginalidad, la exclusión, la violencia y la guerra no las inventó la Universidad Nacional de Colombia.

No se equivoque profesor Kalmanovitz, la Universidad Nacional de hoy no es la misma en la que usted dio despliegue a su militancia e ideas socialistas, de las que seguramente hoy se avergüenza: la Universidad de hoy ha sido capturada por los “Doctores” que se formaron con los presupuestos de la institución en las mejores universidades del mundo, donde les enseñaron a hacer de la cultura, la academia y la investigación un negocio, no son los endogámicos que usted tanto aborrece los que hicieron de la institución el antro de la corrupción que es hoy. Usted, que tanto le preocupa la situación de desgreño, debería liderar una investigación sobre los procesos de endeudamiento y los mecanismos de contratación de las últimas administraciones, agentes dinámicos de las introducidas y vergonzosas prácticas de corrupción que hoy golpean la Universidad.

La Nacional no es una Universidad Comunista, ni de izquierda como se cree y usted hace eco, ni sus representantes son“progresistas conservadores”. Con muchos sacrificios y persecuciones, un grupo de maestros y estudiantes, cada vez menor y con muy pocos logros, defiende en la Universidad, como fundamento de la vida institucional, su carácter público, un presupuesto adecuado, suficiente y oportuno, la pertinencia de sus programas académicos, algún grado de autonomía y una democracia auténtica. Ese es todo el conflicto. Esta Universidad, sépalo, es NEOLIBERAL, no sólo por el comportamiento generalizado de su comunidad académica, sino por la imposición e implementación de las políticas estatales neoliberales, a base de extorsión presupuestal y sacrificio de autonomía.

Sí, qué pena que la Universidad no se haya transado en un negocio con un Estado vergonzante que busca diezmar su territorio en un cambio extorsivo por edificios, de los cuales debía como obligación dotar a la Universidad. La Universidad no se está cayendo porque ella quiere o porque sus administraciones fueran, siéndolo, negligentes. Se cae por el desgreño estatal y el comportamiento excluyente y menesteroso de todos los gobiernos con la principal universidad del país. Porque, sea dicho de paso, nunca han fluido con suficiencia los presupuestos para el mantenimiento y funcionamiento de sus unidades académicas y el desarrollo de sus programas académicos, de investigación y extensión.

Déjeme recordarle, que pese a los esfuerzos que la comunidad universitaria ha hecho para corregir esto proponiéndole al gobierno candidatos que se revistan de todas las legitimidades (es absolutamente falso que no estén dispuestos a coordinar con el gobierno las preocupaciones por mejorar y hacer más pertinente la educación superior) es el Consejo Superior Universitario, quien a través del Ministerio y desde Presidencia, impone los rectores que conducen la institución de manera que sirvan a los requerimientos de la política de privatización creciente de la educación pública. Es el gobierno el responsable del desgreño del que usted habla.

Profesor Kalmanovitz, dese una vuelta por la Universidad a ver donde es que se contratan profesores izquierdistas y postmodernos, cuando en el caso de ciencias humanas no hay ni con que contratar profesores ocasionales; neoliberalismo puro y ramplón es lo que esta llegando a la Universidad, cargado de los títulos de las universidades que a usted le gustan. Pero, si eso fuera cierto, que no lo es, tienen todo el derecho a ser profesores de la Universidad todas las formas de pensamiento porque, no sé si lo sepa, esa es la democracia. Que mal señalamiento y vieja estigmatización esa que usted amplifica contra la Universidad.

Tampoco son ciertas las cifras de deserción, las que hay que acompañar de explicaciones sociológicas y políticas, si lo permite, y no reducirlas a frías cifras estadísticas. La deserción está por el orden del 27%, y sorprende que en una Universidad, en la que se perdió significativamente todas las posibilidades del Bienestar Universitario, se incrementan cada vez más las matriculas, y se exige académicamente más a los estudiantes, no sea mayor.

Pese a todo lo anterior, esa caricatura de Universidad que usted presenta, faltando al respeto a sus tradiciones y excelencias, sigue aportando al País y recibiendo los reconocimientos que su trabajo académico y científico le proporciona en medio de todas las limitaciones enunciadas.