De la guerra, la paz y los recuerdos

Por Alejandra Moreno Tinjacá.
Tomado de El Espectador 29 mayo 2016

Prudencio Flores combatió tres años en los Llanos Orientales como guardaespaldas de Guadalupe Salcedo. Con él entregó sus armas y participó en el proceso de paz de 1953. Seis décadas después habla de sus años en la guerra y de las perspectivas actuales de paz.

 Prudencio Flores,excombatiente de las guerrillas de los Llanos Orientales.

Prudencio Flores,excombatiente de las guerrillas de los Llanos Orientales.

En tiempos del gobierno de Laureano Gómez, cuando el conflicto entre conservadores y liberales se resolvía a machete en los campos, Prudencio Flores regresó a su casa en Sogamoso después de pasar por el Ejército. Llegaba del batallón Páez, donde patrullaban los más hábiles en el manejo de armas. Y apenas pasó la puerta de su casa cuando encontró en el piso una hoja con indicaciones precisas: al día siguiente a las ocho de la mañana debía presentarse ante el comando guerrillero. De una vez lo enlistaron y cambió de bando en menos de una semana.

“Tenía 19 años y no entré a la guerrilla porque quisiera sino porque tocaba ayudar a defender el terruño”, cuenta hoy con voz de mando, evocando aquellas épocas de violencia con su mirada fija en el monumento a Guadalupe Salcedo situado cerca al parque La Bandola, en el municipio de Maní (Casanare). Tiene 85 años. Con sombrero de pelo de caballo, poncho llanero en el hombro, camisa abierta hasta el medio pecho y cuchillo en el cinto, recuerda su juventud al lado del legendario jefe guerrillero del Llano. “Me gané la voluntad del hombre, él vio que yo servía para algo y me nombró sargento y me dejó a cargo de un escuadrón”.

Su primera tarea fue enseñar el manejo de armas a jóvenes fuertes que poco sabían de la guerra pero sí montaban bien a caballo, enlazaban ganado o tocaban el cuatro. Prudencio Flores se alejó de su familia en la vereda Mata de Piña, sus padres y hermanos quedaron “con Dios y la Virgen”, y se fue a la crueldad de la guerra, a dormir donde los cogiera la noche, a pasar hambre y sed. “La guerra es jodida. Tenía que enseñar a matar y cambiar los tonos de la sabana por el color de la sangre”. En un solo enfrentamiento, en San Luis de Palenque, fueron cinco horas de combate y más de cien hombres en batalla.

“Esa vez me tocó de último y mataron al que iba delante de mí, un corneta. La muerte me vio la cara pero aún no me necesitaba”, recuerda mientras carraspea y se limpia el sudor de la frente con el poncho. Aquella vez tuvieron que huir y después volver para echarse al hombro a los caídos para enterrarlos. Con los heridos el tema era crítico. No había medicamentos, la cura eran plantas y el proceso de recuperación se acompañaba con música de bandolas. Después era seguir recorriendo el Orinoco, el Meta o montaña arriba hasta las sabanas de Arauca, para sumar gente a la revuelta, a las guerrillas de Guadalupe Salcedo con más de 5.000 combatientes.

El golpe más importante fue en El Turpial, en cercanías de Orocué, donde cayeron 98 soldados regulares, obligando al presidente encargado, Roberto Urdaneta Arbeláez, a buscar un acercamiento con los guerrilleros, vía Partido Liberal. “El Ejército no podía con nosotros y como íbamos cogiendo mucha fuerza y estábamos ganando la guerra, entonces los políticos y los militares buscaron la manera de hacer la paz”, señala Prudencio Flores antes de hablar del 13 de junio de 1953, con el ascenso del general Rojas Pinilla al poder, los posteriores decretos de amnistía a guerrilleros y militares, o las promesas de paz que no se cumplieron.

El diálogo entre Guadalupe Salcedo y el general Alfredo Duarte Blum se dio en el sector de Las Delicias del municipio de Monterrey. El 11 de septiembre de 1953 llegó el anhelado día. Salcedo fue el primero en entregar las armas. “Ahora estamos en paz. Voy a velar para que los hombres que han estado bajo mi mando consigan trabajo y se reincorporen a la vida civil”, registró El Espectador el alcance de sus palabras. “El comandante nos dio la orden para entregar las nuestras. Estábamos cerca al río Cusiana cuando llegó la razón de desactivar el comando”, evoca con cierta nostalgia Prudencio Flores.

Ese día montaron en sus caballos, cabalgaron hasta el Meta. En La Poyata dejaron las bestias y después caminaron hasta el lugar de encuentro. “Cuando llegamos, cada uno entregó sus armas y recibió una peinilla, una pala, un barretón y el salvoconducto para que nos fuéramos a trabajar”, recalca el excombatiente entre risas. Los más amigos estrecharon sus manos y regresaron a sus hogares confiando en la ayuda de los liberales. A Prudencio lo esperaban sus padres y hermanos pero su casa ya no estaba. La guerra la había reducido a escombros y de los techos de palma solo quedaban cenizas.

Desde ese día cambió el uniforme de guerra por el poncho y el cuchillo. “Este nunca puede faltar. Ni el cuchillo ni la mujer se prestan y el que no tiene cuchillo no come carne”, añade, mientras refiere cómo empezó a trabajar en los hatos amansando bestias o cuidando el ganado. Con una nueva vida, hasta que llegó la noticia del asesinato de Guadalupe Salcedo, el 6 de junio de 1957, en Bogotá, a manos de unos policías. “Ese día constaté que no se cumplió el acuerdo de paz. Fue doloroso pero ya no podíamos hacer nada. Después mataron a otros comandantes cuando ya no tenían armas, cuando ellos sí estaban en paz. Los traicionaron”, y sus ojos se llenan de lágrimas y se quita el sombrero.

Son recuerdos que llevan casi 60 años guardados en su corazón y su memoria. Hoy no deja de frecuentarlos cuando toca la bandola o exalta la belleza de su tierra. Lo hace con tanta pasión como cuando habla de su familia o sus amigos. De sus cuatro hijos, su esposa que murió de cáncer, o de la gente de sus tiempos de combatiente. “De este grupo solo queda uno cercano. Otro hijo de Maní que también sabe que la guerra es jodida y que es mejor apostarle a la paz, eso sí, respetando lo pactado para que no se repitan los errores y renazca la violencia, como sucedió en el Meta, el Arauca o el Casanare.

No quiere hablar de la guerrilla o los paramilitares, sabe que estos grupos solo han dejado tristezas y muerte. Más bien anhela que los colombianos puedan recorrer todo el país sin miedo, que puedan disfrutar de la vida y tener acceso a otras oportunidades. Mientras nos despedimos, estrecha mi mano y se alista para realizar una presentación folclórica al frente del monumento a Guadalupe Salcedo, “el baile, los corridos y las muestras culturales permiten seguir la vida y dejar atrás el dolor”, sentencia con una sonrisa Prudencio Flores Belisario.