Las verdades del régimen

Tomado de El Comejen, nov 6 2020

Pabellón de Máxima Seguridad de la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá. Sección dos. Cuatro prisioneros: dos pistoleros de Medellín que trabajaron para Pablo Escobar, un empleado de la fiscalía y yo. Compartíamos un rectángulo separado por tabiques. Una cocina, un baño y cuatro celdas. La celda del fondo la ocupaba Gustavo Sastoque, el empleado de la fiscalía al que le achacaban el asesinato de Hernando Pizarro Leongómez. Nuestro destino estaba sellado por una puerta metálica que la guardia penitenciaria aseguraba desde el exterior con tuerca y tornillo. No había sol. No había cielo. Una vez al día nos sacaban a un patio contiguo para tomar el sol. El déficit de sol se manifestaba en nuestras pieles. Parecíamos hombres de nácar. Traslúcidos.

La inocencia de Gustavo Sastoque saltaba a bulto. Un chico sano. Hijo de una familia humilde. Una familia que no lo dejó solo. No lo dejó caer. No fallaban. No hubo un sábado o un domingo que no estuvieran con él. Consolándolo. Llevándole la comida que le preparaba su madre. Una familia generosa. La generosidad de los humildes. El régimen le arruinó sus sueños. Un chivo expiatorio sin abolengo, sin nadie que reclamara por él, salvo su familia. La mala reputación del régimen manchando la buena reputación de un chico de barrio. Hernando Pizarro, se sabe ahora, fue muerto por las FARC. Lo acusaban de deserción, tortura y asesinato de un centenar de jóvenes pertenecientes a una fracción guerrillera dirigida por un maniático.

John Jairo Velásquez Vásquez, más conocido como “Popeye” era mitómano y charlatán. Hablaba hasta por los codos. La mayoría de sus historias eran inventadas. El régimen lo convirtió en su historiador. Una mina de oro para Netflix. Un “sacamicas”, decían de él los lugartenientes de Pablo Escobar que purgaban condena en la Penitenciaria de Valledupar, la tristemente célebre “Tramacúa”. En una de esas celdas estaba yo, cumpliendo condena por rebelión. Era mi vecino en el Pabellón de Atención Especial, la prisión dentro de la prisión. Toma, le dije una vez. Le pasé una edición de bolsillo de El Conde de Montecristo en dos tomos de pasta blanda. Esto lo mantuvo callado durante unas semanas. El expresidente Andrés Pastrana, luego de un fingido acto de perdón, empezó a creer todas las historias que “Popeye” contaba. Un hombre del régimen, como Pastrana, usaba a un redomado y embustero granuja para sus fines políticos. Cuando “Popeye” volvió a la libertad se hizo en el bando de la extrema derecha, donde le celebraban sus fanfarronerías y payasadas.

Mi confesión: revelaciones de un criminal de guerra es el título de un libro del periodista Mauricio Aranguren Molina. Carlos Castaño, jefe paramilitar desaparecido en “extrañas circunstancias”, es la persona que se confiesa ante Aranguren. Castaño reivindica una serie de asesinatos sin aportar prueba alguna. La voz de Castaño le basta al régimen. Le basta a los verdaderos asesinos. El régimen echa pelotas fuera del campo para dilatar el juego. La Fiscalía, cuando se vuelve un brazo del Ejecutivo, le hace el juego a las teorías conspirativas que se fabrican en los laboratorios del régimen. Eso hace que ninguno de los magnicidios sea medianamente esclarecido. Hubo que esperar un cuarto de siglo para que aflorara la verdad y se conocieran los móviles que llevaron a las FARC a asesinar al dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado. Al régimen le incomoda que los exguerrilleros, los militares y los paramilitares cuenten detalles sobre la violencia política que ejercieron durante el conflicto.

El mundo sabe que en Colombia han ocurrido magnicidios y cientos de asesinatos de líderes sociales. Lo que no sabe el mundo y la sociedad colombiana es el nombre de los verdaderos homicidas. Asesinos que, probablemente, son cerebro, hueso y carne del régimen. Así va el régimen político colombiano: un territorio de impunidad en el que resulta fácil anular a la oposición política por la vía del homicidio.