Una entrevista con Carlos Vidales

Poeta Luís Vidales
Poeta Luís Vidales

Algo que lograría Gaitán más tarde…

Pero Gaitán era impaciente… y bastante vanidoso. Mi padre y muchos otros le decían: “No dividas el liberalismo, porque perdemos frente a los godos”. Y Gaitán respondía: “Yo soy capaz de ganarles a los godos, incluso si una parte del liberalismo vota por el candidato oficial”. Los resultados de mayo de 1946, por si no se acuerdan, fueron estos: Mariano Ospina Pérez, conservador, 565.939; Gabriel Turbay, liberal y candidato oficial, 441.199; y Jorge Eliécer Gaitán, liberal disidente, 358.957 votos. Es decir, Gaitán dividió las fuerzas populares y contribuyó al triunfo de los godos. Con increíble generosidad, Gabriel Turbay le dijo: “Bueno, ahora debes ganar la jefatura única del liberalismo. Cuentas con mi apoyo”. Lo que pasó después es conocido. Toda la gente de izquierda que había apoyado a Turbay, incluyendo a mi padre, se volcó en un trabajo febril por Gaitán.

El asesinato de Gaitán marcó un cambio dramático en mi vida. Mi padre pasó a la clandestinidad, perdí el contacto con él mientras dirigía una red de radioemisoras clandestinas y llegó a ser el tesorero nacional de las guerrillas liberales (todo esto lo supe después). Yo caí en manos de parientes conservadores, laureanistas; se me acabó la infancia, la vida se volvió un infierno y de eso salí a fines de 1952, cuando mi padre pudo regresar a la casa y comenzaron los preparativos para marchar al exilio en Chile.

Cuéntanos, ¿cómo fueron las circunstancias de ese exilio?

Nosotros teníamos invitación de Perón para recibir asilo en Argentina. Pero al entrar en Chile recibimos un telegrama del presidente Carlos Ibáñez del Campo, dándonos la bienvenida y ofreciendo trabajo a mi padre en la Dirección Nacional de Estadísticas. Por eso nos quedamos en Chile. Mis hermanos y yo recibimos educación gratuita de la mejor calidad, una tremenda solidaridad y amistades que duran todavía. Yo me fui de la casa paterna y de Chile cuando terminé mis estudios secundarios, a los 17 años, y decidí estudiar medicina en Córdoba, Argentina. Mi padre regresó a Colombia en 1962, para trabajar en el Dane por invitación de Lleras. Mi madre se quedó en Chile ocupándose de mis hermanos menores y regresó a Colombia, al lado de mi padre, en 1970.

En Chile conocimos a todos los intelectuales importantes, al Comité Central del Partido Comunista, a Salvador Allende, con quien mantuve una gran amistad a pesar de la diferencia de edad, al sabio Alejandro Lipschutz. En ese país comencé en 1953 mi militancia comunista en la ilegalidad y lo recorrí pueblo por pueblo, incluyendo la Antártica, el desierto de Atacama y la Isla de Pascua. Chile me formó, me educó, me enseñó a pensar en la política moderna; mis primeros pasos como historiador los di estudiando la historia del proletariado chileno.

¿Qué recuerdos tienes del barrio Bellavista? ¿Cuál fue tu primera impresión cuando conociste a Neruda?

Se llama Bellavista porque ahí está el cerro San Cristóbal, desde cuya cumbre se ve toda la panorámica de Santiago. El barrio, de clase media por aquel entonces, está separado del centro de Santiago por el río Mapocho. Nosotros vivíamos del lado más “burgués” del río, en el barrio Providencia, pero estábamos lo suficientemente cerca como para escuchar al amanecer los rugidos de los leones en el zoológico, vecino a la casa de Neruda. Yo lo conocí una semana después de nuestra llegada a Chile, pues el poeta nos invitó a una velada en su casa. Allí estaba prácticamente todo el Comité Central del Partido Comunista y, además, el parlamentario Salvador Allende, a quien Neruda nos presentó diciendo: “Este hombre es el futuro presidente de Chile”. Aunque yo apenas tenía catorce años, me puse a conversar con Allende como la cosa más natural del mundo. Yo sabía que Neruda era un gran poeta, pero después de haber pasado la infancia mezclándome con gente importante sentía como una cosa normal darle la mano y oír su conversación. Tenía una voz aburrida pero decía cosas fascinantes. Conmigo fue siempre muy amable.

A propósito de tu relación con Neruda, en 1957 el general Rojas Pinilla le niega la visa al poeta, que había sido invitado al país para que entregara el Premio Lenin de la Paz a Baldomero Sanín Cano. ¿Cómo fueron estos hechos?

Fue mi padre quien recibió el encargo de entregar el premio, tras la negativa de visa a Neruda, y también porque había asistido al Congreso de Escritores Soviéticos, en Moscú, en 1955. En la década de los cincuenta, Rojas Pinilla era autoritario, conservador-bolivariano y partidario de soluciones corporativistas. Por eso fue preciso esperar hasta 1957, cuando la dictadura estaba por caer, para entregarle el premio a Sanín Cano. Después de ser derrocado y marginado de la política, Rojas Pinilla fue evolucionando hacia posiciones populistas para terminar los dos últimos años de su vida como asiduo lector de textos marxistas y un populista con simpatías hacia un socialismo reformista.

A Neruda le importaba poco ser el emisario del premio, todo se resolvía por decisiones del partido comunista y él las acataba. Pero, como ocurre siempre entre las élites intelectuales, tanto Neruda como mi padre eran muy amigos del líder falangista manizaleño Gilberto Alzate Avendaño, quien hizo todo lo posible para que Neruda pudiera viajar a Colombia. De paso, debo recordar que ya en la década de 1930, cuando mi padre debía pasar reiteradas temporadas en la cárcel por su actividad comunista, dos intelectuales falangistas se movieron incansablemente hasta lograr su libertad: uno fue Alzate Avendaño, quien admiraba al poeta de Suenan timbres más allá de toda medida; y el otro fue Juan Roca Lemus, “Rubayata”, cuñado de mi papá y a su vez padre del poeta Juan Manuel Roca.

En 1985, tu padre también recibe el Premio Lenin de la Paz y sufre la muerte de Paulina, su compañera de vida.

La última vez que vi a mis padres fue en julio de 1979, cuando yo estaba en la clandestinidad por ser miembro del M-19 y el gobierno de Julio César Turbay estaba en plena cacería como respuesta al robo de las armas del Cantón Norte. Mi padre ya había sido encarcelado en abril en la Escuela de Caballería y luego puesto en libertad por el escándalo internacional que este encarcelamiento produjo. Su casa estaba estrechamente vigilada, pero aproveché su cumpleaños y las muchas visitas de sus amigos para burlar la vigilancia policial y colarme en el edificio. Fui a felicitarlo y a contarle que planeaba salir del país. Pasamos toda la noche tomando whisky y él recapituló sus aventuras y sus luchas políticas, las divertidísimas anécdotas de su vida chaplinesca. Yo salí de Colombia con papeles falsos en diciembre de 1979. Nunca más volví a ver a mis progenitores.

Leímos en Puesto de Combate un artículo tuyo que hablaba sobre cuatro libros de tu padre que se perdieron. ¿Nos podrías hablar especialmente de ese Diario suyo y mío, escrito durante los años de exilio en Chile?

El Diario suyo y mío es eso, un diario personal. A pesar de que su contenido es principalmente literario y sociológico, expresa también la angustia del exilio. Hoy las personas que estudian los fenómenos del destierro y el desarraigo conocen bien el fenómeno del “síndrome del exilio”, que afecta el carácter, el humor, el equilibrio emocional del exiliado, y que con frecuencia lo saca de quicio, lo vuelve irritable, colérico, a veces deprimido, a veces duro con sus seres queridos. A mi padre le dio ese síndrome y a mí y a mi hermana nos tocó sufrir los efectos de sus cóleras repentinas, su irritabilidad, su angustia y su soledad. Por eso me fui de la casa a los 17 años y me llevó tiempo comprender las causas psicológicas profundas de estos conflictos que marcaron mi adolescencia. El 0 contiene, entre líneas, muchas claves de este proceso doloroso.

También se perdió Dimensiones de la patria,“sonetos de la violencia, del exilio, de la añoranza de la patria natal”, según tus palabras. ¿Cuál es tu reflexión actual respecto a la violencia vivida en Colombia?

Creo que la violencia social se exacerbó en Colombia y se volvió crónica, como un eterno cáncer, desde el mismo día en que los “padres de la patria” (a quienes millones idolatran) lograron consolidar la república oligárquica a costa del hambre, la pobreza, la discriminación y la marginación de la inmensa mayoría del pueblo. Pueden decirme lo que quieran y pueden meterme a la cárcel o matarme, pero digo que no hay paz con hambre, no hay paz con injusticia social, no hay paz con marginaciones y desplazamientos, y no hay paz con la adoración servil a los “próceres” que construyeron esta sociedad infame, despreciable, egoísta e injusta. No se hizo “a pesar” de ellos. Ellos la hicieron.