Una entrevista con Carlos Vidales

Precisamente otro “padre de la patria”, como dices irónicamente, es Laureano Gómez, quien persiguió bajo su mandato a tu padre obligándolo a dejar su puesto en la Universidad Nacional…

Mi padre y Laureano se odiaban políticamente, pero había entre ellos una indudable admiración intelectual de enemigos. No fue Laureano quien echó a mi padre de la Universidad Nacional, sino el presidente designado, por enfermedad de Laureano, Roberto Urdaneta Arbeláez. Recuerdo que una vez, en pleno gobierno laureanista, un alumno de mi padre quiso hacer su trabajo final modelando un busto de Laureano. Mi padre le aceptó el proyecto y lo calificó muy bien, pues ese joven godo tenía gran talento como escultor. Laureano lo supo y le comentó al autor del busto: “Es una lástima que un hombre tan admirable como Vidales tenga ideas tan detestables”. Mi padre, por su parte, siempre llamaba a Laureano “el Monstruo”, no solamente por su desmesura, por sus pasiones y sus odios, por las canalladas que era capaz de cometer, sino también por su monstruosa capacidad intelectual.

Pasando a otro tema, sabemos que la recepción de Suenan timbres estuvo dividida. Cuéntanos un poco sobre esa diferencia de criterios respecto al libro y el modo en que lo concibió tu padre.

Los bogotanos se dividieron en dos bandos cuando apareció Suenan timbres, en 1926. Mi padre lo ha recordado en varios textos: “Las trompadas menudeaban y es posible decir que me di de sopapos con medio Bogotá; el otro medio estaba en palco, hasta la cintura, haciendo votos para que me volvieran cisco. Ya desde el año 22, cuando irrumpí en El Espectador de don Luis Cano, con la magnífica presentación de Tejada, mis hermanas eran motivo de insultos en la calle y llegaban a mi casa llorando por mi sacratísima culpa. Hasta el año 24, cuando también El Tiempo me acogió en sus Lecturas Dominicales, la tempestad no hizo más que arreciar. Un día “el Mono” Lemos Guzmán, con quien hoy me liga amistad y admiración mutuas, se trenzó a puñetes conmigo ante la vista de don Luis Cano, quien sonreía desde el balcón de El Espectador”.

Mi padre cuenta también lo siguiente: “Recuerdo que en aquella ocasión, camino de la Librería Colombiana, al desembocar a la plazuela de Las Nieves, muy campante por estar ‘estrenando libro’, vi que Augusto Ramírez Moreno venía por la carrera octava y al otearme, como a media cuadra de distancia, abrió los brazos y así se vino hasta encontrar mi pobre humanidad y estrecharla fuertemente, diciendo: ‘¡Qué éxito! ¡Qué éxito! ¡La ciudad está paralizada por tu libro! Vengo del Rivière, donde acaba de ocurrir una batalla campal por Suenan timbres’. Yo le repliqué: ‘¿Una batalla? ¿Entonces ello quiere decir que hay quienes defienden a Suenan timbres?’. ‘No, hombre, no’, me aclaró. ‘Lo que pasa es que un grupo dice que tu libro es malo por unos motivos y otros sustentan que es pésimo por otros completamente diferentes. Y como no se pusieran de acuerdo, se armó la de Dios es Cristo y se pusieron de ruana las mesas y los asientos’ ”.

Suenan timbres se gestó entre 1922 y 1926, como un desafío contra un medio hostil, mojigato, acartonado y mezquino. Si alguna vez le faltó ánimo a mi padre (que lo dudo), ahí estaban sus amigos Luis Tejada y Ricardo Rendón para infundirle bravura. Y ese medio Bogotá que había tomado palco para ver cómo masacraban a un jovenzuelo irreverente comenzó a aplaudirlo después del tercer round, porque nada gusta tanto al honorable público como el Chaplin apaleado que se levanta y devuelve los golpes con humor y acrobacia. Cuando mi padre contaba estas cosas en la intimidad del hogar, mi madre ponía cara de tragedia y yo me desternillaba de la risa.

¿Qué otros trabajos consideraba tu papá que merecían ser tenidos en cuenta por los lectores y la crítica?

El público lector no pasó por alto las breves crónicas, los minicuentos, los haikús y las “Islas”, de 1923, de las cuales algunas fueron incluidas en Suenan timbres. Entre los papeles de mi padre hay muchos cuentos breves o fragmentos de ellos, y él siempre decía que le habría gustado publicarlos en un pequeño volumen, aunque casi todos vieron la luz en periódicos de Bogotá o de provincias en la década de 1920.

En su libro La minificción en Colombia, el profesor Henry González considera a tu padre como el fundador de este género en el país, y estudia especialmente la colección “Estampillas”. ¿Qué opinas respecto a esta novedosa lectura?

Me parece interesante, una perspectiva digna de considerar. Sin embargo, creo que hay que buscar más en los procesos precursores, formativos, en la embriología del género. Hay algún poema de doña Josefa Acevedo de Gómez que tiene rasgos embrionarios de minificción. Los géneros se van formando inconscientemente en la pluma de múltiples autores, antes de que alguien los presente ya formados. Esta es una idea que me ha sido sugerida por la lectura de la antología de poemas en prosa Párrafos de aire. Creo que las nuevas generaciones de críticos van a sacar cosas valiosas de ese estudio.

“Aquel homosexual lo único que toleraba en cuanto al sexo femenino eran las niñas de sus ojos”, escribe tu padre en “Visiones del carajete”, en Suenan timbres. Creemos que uno de sus aportes importantes, como nos lo recuerda Isaías Peña, fue la incorporación del humor y la ironía en la poesía colombiana. ¿Qué opinas tú y qué argumentaba tu padre al respecto? ¿Era un hombre de buen humor en su cotidianidad?

Sí, el humor es el gran aporte de mi padre a la poesía colombiana del siglo xx. El humor, no lo cómico. Sobre esto escribió una crónica genial. Él decía: “Quien no sabe reír no puede ser serio”. Por eso fue tan trágico que el exilio en Chile le matara el buen humor en el hogar, que había sido la delicia de mi infancia. Y por eso, el reencuentro con mi padre después del golpe de Pinochet fue para mí como volver a la vida. Él había recuperado una parte de su talante humorístico. Es verdad que algunas de nuestras diferencias estaban mejor definidas, pero ahora podíamos tratarlas como amigos y compañeros. En los últimos años de su vida, por ejemplo, se volvió más duro y más intolerante con los homosexuales, actitud que yo nunca compartí. Lo digo aquí porque la cita de la pregunta se refiere al tema y no quiero que pase desapercibido.