Una entrevista con Carlos Vidales

¿Has traducido al sueco la obra de Luis Vidales? ¿Es conocida en Suecia? ¿Y en general la poesía colombiana?

El gran poeta sueco Lasse Söderberg tradujo el poema “La música” con ocasión de la visita a Estocolmo de Darío Jaramillo Agudelo. Ha prometido enviarme la traducción. Otros aficionados han traducido el soneto “A la libertad”, que está en varios idiomas. Pero nunca se ha hecho una traducción sistemática de Suenan timbres. Entre los poetas y literatos colombianos más conocidos en Suecia están León de Greiff, Álvaro Mutis y, en los años recientes, Juan Manuel Roca. Lo más importante, creo, es que ahora hay traductores de calidad y, más importante aún, que un número creciente de suecos habla y lee literatura en castellano.

Se sabe poco del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, realizado en Calarcá anualmente. ¿Tienen en Estocolmo algún evento especial en el que se conmemore a Luis Vidales o algún otro escritor colombiano?

A mí no me invitan a los encuentros de Calarcá. Cometí el error de reclamar airadamente por el hecho de que hay personas que hacen alarde de poseer en sus “archivos personales” objetos robados de la casa de mi padre durante los últimos meses de su vida. Supongo que tienen el temor de que vaya a Calarcá a decir cuatro verdades al respecto, con nombres y apellidos. Yo no haría eso. Y lamento que no me inviten, porque asisten intelectuales importantes a quienes admiro y leo asiduamente. En Europa se han realizado varios homenajes a mi papá, en Francia, Alemania, Polonia, Suecia, Italia… hace poco hubo un acto muy emotivo en Sevilla. En Estocolmo hemos hecho lo mismo: actos, seminarios y talleres sobre José Asunción Silva, León de Greiff y algunos narradores jóvenes colombianos. Juan Manuel Roca ha estado de visita y le hemos organizado conferencias y recitales en varias ciudades suecas…

Continuando con tu periplo, ¿terminaste finalmente medicina? ¿Por qué en Córdoba, Argentina?, tan cerca de Alta Gracia, el lugar donde vivió su infancia el Che Guevara.

Escogí Córdoba porque era fácil el ingreso y para alejarme de la casa paterna. Perón había sido derrocado en 1955 y reinaba la dictadura militar de la Revolución Libertadora. No terminé medicina porque, en el fondo, había empezado esos estudios para complacer a mi padre. La medicina me sedujo, es cierto. Fui ayudante de cátedra en histología, mi materia preferida. Pero más me sedujeron la teoría biológica, la lucha política, la pedagogía y la investigación en historia. Me dediqué a esas tres últimas cosas, conocí casi todas las cárceles de la región –por dentro, claro– y jamás me he arrepentido de haberme jugado la vida por la causa social. En Córdoba viví en pensiones estudiantiles y en alguna de ellas la dueña recordaba al Che Guevara. Fue el período más intenso, más bravo y más aleccionador de mi vida.

Unos años después, Salvador Allende te nombra jefe del Servicio de Documentación y Archivo en el Palacio de La Moneda, cargo que desempeñaste hasta enero de 1973. ¿Cómo te marcó el conocer a Salvador Allende?

Yo conocía a Allende desde 1953 y nuestras relaciones fueron siempre de gran amabilidad. Allende era un hombre ejemplar, un político de honradez a toda prueba, franco y sincero y con una inmensa pasión por el futuro de su pueblo. Respetaba de verdad a todos los partidos de la Unidad Popular y jamás intrigó contra ninguno con maniobras egoístas o sectarias. Conocerlo y trabajar con él me marcó para siempre: he tratado a muchos políticos latinoamericanos importantes, pero solamente unos pocos, poquísimos, me inspiran confianza completa como Salvador Allende.

“Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”, dijo Allende…

Sí, por eso, a los 63 años, era más joven que la mayoría de sus contemporáneos.

¿Estabas aquel 11 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile?

Estuve en el Palacio de La Moneda hasta las ocho de la mañana. Salí de allí, antes del cerco de los golpistas, para quemar cinco archivos que tenía en oficinas distribuidas cerca del Palacio, pues contenían miles y miles de direcciones y nombres que no debían caer en manos de los asesinos. Luego, junto con otros compañeros, tuvimos que abrirnos camino a tiros para salir del centro de la ciudad.

La palabra “comunismo”, tan debatida y tergiversada, ¿qué importancia adquiere actualmente para Latinoamérica y el mundo?

Ahora se habla tanto del “socialismo del siglo XXI”…, pero nadie lo ha definido y todos parecen estar de acuerdo en que vamos, como dice el tango, arrastrando por este mundo “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”. Pero las palabras no importan. Lo que interesa son los contenidos. Quien se avergüenza de luchar por una sociedad sin clases, sin explotadores ni explotados, una sociedad nueva, de bien común y de trabajo creador común, es simplemente un canalla o un inconsciente. Pónganle a esa sociedad el nombre de “plátano” o de “dulce de leche”, si la palabreja “comunismo” los ruboriza, pero no abandonen el contenido de la lucha. Y reconozcan que bajo el nombre de “comunismo” muchos criminales han cometido actos horrendos, así como bajo el nombre de “libertad” otros criminales vienen cortando cabezas humanas desde la Revolución Francesa hasta hoy. Los nombres no importan. Importan los contenidos.

¿Por qué tu padre, ya de edad avanzada, en 1979, fue encerrado y amarrado durante veinticuatro horas? Acontecimiento que se plasma en el poema “Allanamiento”: “Entraron a mi casa militares / y el alba se vistió de verdeoliva”.

Porque yo era miembro de la dirección nacional del M-19 y esta organización acababa de robarse 7.000 fusiles del Cantón Norte. Alguno de los militantes detenidos y torturados en las razias del ejército confesó que en la organización había un “Vidales, alias Luis”, y el señor general Vega Uribe, asesorado por los caballos de los establos militares, decidió: “Detengan a Luis Vidales”.

¿Cuáles fueron tus siguientes pasos en la década de los setenta? ¿Retornaste a Colombia?

Después del golpe militar en Chile fui repatriado a Colombia –o expulsado, según se mire– y perdí todo lo que tenía. Los organizadores de la revista Alternativa me invitaron a participar en ese proyecto y fui nombrado jefe de redacción. Al mismo tiempo, Jaime Bateman hizo contacto conmigo y, con su enorme simpatía, amplitud y generosidad, me sedujo y quedé reclutado como militante del M-19, que estaba preparando por entonces el operativo de la espada de Bolívar. Trabajé con dos identidades y a veces con tres: dentro del M-19, como miembro de la dirección nacional y encargado de tareas de educación y propaganda; en la vida “legal”, como periodista, historiador y conferencista, y además como miembro de la dirección de Anapo Socialista. Ya tenía la costumbre de no dormir, desde los días agitados de la Unidad Popular de Chile, así que me dediqué a todas esas cosas con buen humor y dedicación. Me fui del M-19 en diciembre de 1979 porque jamás pude aceptar los secuestros, nunca apoyé el asesinato de José Raquel Mercado y siempre estuve en desacuerdo con la aventura del Cantón Norte. En suma, se acumularon las contradicciones y salí del país para no regresar nunca. He mantenido silencio sobre el funcionamiento interno del M-19 por respeto a tantos compañeros que entregaron abnegadamente sus esfuerzos, y hasta su vida, en la honrada creencia de que lo hacían por la construcción de una sociedad justa. No obstante, me resultó imposible compartir lo que me parecían errores de gran calibre.