Una entrevista con Carlos Vidales

¿Alcanzaste a tratar a Carlos Pizarro por esas épocas? ¿Cuál es tu opinión sobre dicha figura y su proceso de desmovilización?

Traté muy de cerca a Carlos Pizarro. Un hombre límpido, claro, puro en sus convicciones revolucionarias. Estuvimos juntos en la escuela del Caguán, que yo dirigí durante tres meses, en las selvas del Caquetá. Tuve con él alguna discrepancia: es común entre revolucionarios que surjan diferencias, entre quienes ponemos en primer lugar el humanismo y quienes ponen en primer lugar las reglas, la disciplina. Pero siempre lo he admirado. De todos los guerrilleros que he conocido en mi vida, y he conocido muchos, él es quien con mayor seriedad y profundidad estudió la teoría de la guerra, su historia y sus leyes. Valoré sus esfuerzos por la paz y la desmovilización, que yo había propuesto seis años antes que él, y él había rechazado entonces. Fue ese un esfuerzo heroico por corregir rumbos. Después de Jaime Bateman, Pizarrro es el jefe más admirable del M-19. Eso, sin negar los méritos y cualidades humanas de otros.

Ya no estabas, pero me imagino que también te hubieses opuesto a la toma del Palacio de Justicia. ¿Cómo analizas dicha acción?

Me opuse enérgicamente a la toma del Palacio de Justicia, cuando me enteré de esa aventura irresponsable. Estaba yo en Estocolmo y ya hacía seis años que no pertenecía al M-19. Escribí un artículo muy duro contra esa acción. Artículo publicado en el periódico Macondo, de Lund, al sur de Suecia. Sobre el señor Betancur no vale opinar porque, está claro, es un axioma, el enemigo tiene que ser malo o perverso. Él cumplió con esa regla. Pedir lo contrario sería la negación de las propias convicciones. Los grandes culpables de ese holocausto fueron: la regional de Bogotá del M-19, que inició la tragedia; el ejército, que hizo lo que sabe hacer, masacrar y masacrar; y el señor presidente, defensor del sistema sobre una montaña de cadáveres.

Parecerá obvia nuestra pregunta, pero, ¿cómo analizas el proceder de las Farc actualmente? ¿Qué camino toma Colombia con la lucha armada que ya lleva décadas, más de 90.000 desaparecidos y cientos de exiliados?

Brevemente: los secuestros son, en mi opinión, incompatibles con la conducta revolucionaria porque son un crimen contra la humanidad. Las masacres de indígenas, lo mismo. Los reclutamientos forzosos de niños, lo mismo. Mantener “prisioneros de guerra” durante años y décadas, lo mismo. Sembrar los campos de minas antipersonales es un crimen contra la humanidad. Extorsionar a la población civil es un crimen contra las normas de la guerra revolucionaria. Quien hace esas cosas no está actuando como un revolucionario, está actuando como un bandido, un señor de la guerra. Vengo diciendo esto desde hace más de veinte años y la respuesta ha sido una montaña de calumnias, injurias y hasta terrorismo telefónico: durante diez años me han llamado a mi casa, en mitad de la noche, para decirme que me van a “ejecutar”. ¿Es esta la conducta de quienes luchan por la construcción de una “sociedad justa”? Quiero creer que en las Farc existen todavía elementos capaces de recuperar el rumbo revolucionario, pero eso lo dirá la vida, la práctica social. En cuanto al “principio general” de la lucha armada, estoy de acuerdo con la Biblia y con Barack Obama: hay tiempo para la paz y hay tiempo para la guerra, y la historia muestra que las guerras son inevitables. Son parte de nuestra existencia social.

“Siempre habrá traficantes; siempre habrá toxicómanos por vicio de forma, por pasión”, dice Antonin Artaud en El ombligo de los limbos… Como historiador, ¿cómo analizas la aparición del narcotráfico en el conflicto armado colombiano?

Ese es un tema de feroz complejidad. Nuestros idolatrados próceres de la Independencia financiaron sus guerras con contrabando, piratería y trata de esclavos. Como historiador, me parece horrible que mis colegas oculten esos hechos. El general Soublette, ya viejo, recordaba que después de la Batalla de Boyacá preguntó por un oficial y le dijeron que estaba bajo consejo de guerra por robar caballos, y comentaba entre risas: “Y a nosotros, ¿quién nos juzga?”. El narcotráfico ha impregnado todos los poros del cuerpo social en Colombia. Y ha habido sectores de la guerrilla que han terminado juntando más dinero para su caja del que pueden gastar en la guerra. Esa ecuación conduce al bandolerismo. Y al lado de quienes le piden al pueblo una contribución para la lucha, hay quienes consideran que es justo extorsionar a la población civil. Maquiavelo sugirió alguna vez que las guerras de los rebeldes contra la tiranía pueden costar muy caro, porque pueden costar los principios y los rebeldes se van volviendo, a su vez, tiranos.

¿Cómo fue tu relación con el ex candidato presidencial Carlos Gaviria, una figura de la izquierda colombiana?

Carlos Gaviria tiene lo que a la mayoría de los políticos colombianos les falta: una honradez a toda prueba. Lo conocí en 2004, cuando un grupo de colombianos lo invitamos a Suecia para escuchar sus planteamientos y propuestas. Éramos “del otro grupo”, del Polo Democrático Independiente, pero queríamos oír al hombre de la izquierda, del “otro grupo”. Lo escuchamos y decidimos impulsar la unidad de los dos “polos” y apoyarlo a él como candidato único del pueblo. Movilizamos la declaración de más de seiscientos intelectuales, creamos grupos de apoyo en Europa, mucha gente aportó su entusiasmo y su esfuerzo. Se constituyó el Polo (PDA) y Gaviria fue nuestro candidato. Y desde el primer día de nuestro encuentro, él y yo somos amigos leales y compartimos opiniones sobre historia, filosofía, poesía, política y ética. Es un hombre admirable.

Desde 1980 vives en Suecia, ¿por qué este país? ¿No tuviste dificultad con esa lengua?

Salí de Colombia con papeles falsos y en aquel momento Suecia era el único país que aceptaba mi argumento. Tuve la necesidad de usar una identidad ficticia para salvar mi vida. El idioma fue un poco complicado, porque no tenía ningún contacto previo con lenguas nórdicas y germánicas. Pero el hecho de entender el francés, el italiano y el portugués, y de tener una formación cultural, me ayudó a superar los obstáculos. Llegué a escribir crónicas en sueco para el segundo diario más importante de este país.

Por curiosidad, ¿qué opinas de Tomas Tranströmer y qué otros autores consideras que merecían el Nobel?

Tranströmer es un excelente poeta, con una capacidad de síntesis y una agudeza psicológica fenomenales. Yo no creo en los premios, pero sí en calidades literarias. La narrativa del japonés Murakami me parece maravillosa, así como la prosa de Arundhati Roy.

¿Qué aspectos de la poesía sueca te llaman la atención?

La capacidad de decir cosas muy hondas con pocas palabras. Creo que esa es la máxima cualidad de la poesía nórdica.

¿Cómo se vive el ambiente literario en Suecia?

El sueco promedio lee muchísimo, la gente siempre va en los buses y trenes leyendo un libro. Hay infinidad de cursos y cursillos para aprender a escribir novelas, a analizar textos, etc. No existe prácticamente la bohemia que conocemos en los países latinos, pero con frecuencia hay pequeños recitales y encuentros con escritores. También hay más democracia: prácticamente cualquiera puede publicar su pequeño libro de cuentos o de poemas, con ayuda de círculos, asociaciones y clubes.

Entrada ya la segunda década del siglo XXI, ¿de qué manera podría expresarse el momento actual del hombre y cuál sería el valor de las obras literarias que se crean en este momento?

Estamos viviendo una época oscura de la humanidad, una época de globalización individualista, de apetitos insaciables y del “todo vale” para una monstruosa concentración del poder en manos de una minoría codiciosa y deshumanizada. Pero una época no es más que eso: una época. Ya vendrá el péndulo en sentido opuesto, por reacción y por acumulación de contradicciones. Decimos que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista. Veremos si el cuerpo de la humanidad resiste este cáncer y logra vencerlo, o si está condenado a perecer. La literatura de esta época, aunque no se lo proponga, no puede evitar reflejar esta angustia de sentirse “al borde del abismo”. Hay que tener presente que hoy la literatura no existe por sí sola: existe junto con el cine, la televisión, internet, las redes sociales, el mestizaje global de los grandes idiomas, etc. Ella es al mismo tiempo señora y sierva de todos los otros modos de comunicación. Esa es la gran revolución de nuestra época, que prepara y precede a la revolución social global.

William Wordsworth en su oda “Intimations of Inmortality from Recollections of Early Childhood” nos habla de los bellos recuerdos de la infancia que se van diluyendo, al entrar a la vida adulta, por otros más amargos. ¿Carlos Vidales, el adulto, cómo ve a Carlos, el niño de aquella época?

Yo fui un niño feliz hasta los ocho años y muy infeliz entre los ocho y los quince. Mantengo vivas, por eso, muchas de mis ilusiones, dudas y vacilaciones no resueltas de la adolescencia. A veces preferiría hablar de otro asunto: ¿cómo veía el niño Carlos Vidales su futuro como adulto? Me gustaba pensar que en el año 2000 tendría 61 años, que estaría vivo y que pensaría esto o aquello, y actuaría de esta o de esta otra manera. Hoy, a los 73 años, me complace constatar que no me equivoqué en las cosas esenciales. Nunca me vi como empresario, hombre de negocios, empleador, capitalista, terrateniente, burgués. Creo que ese niño que fui tenía algunas ideas fundamentales bastante claras.