Una exiliada en Suecia que regresó para luchar por la Gobernación del Cesar

Tomado de El Heraldo, 02 nov 015

Imelda Daza Cotes sobrevivió a la eliminación sistemática de la Unión Patriótica. Tras 26 años de exilio en Suecia regresó para enfrentar a Antonio Calderon y al gobernador electo Franco Ovalle. Sumó 8.300 votos.

Para bien o para mal, Imelda Daza ha sido precursora toda su vida. Fue la primera mujer presidenta del Concejo de Valledupar, un cargo que asumió casi que por casualidad porque los miembros de esa colectividad, mitad liberales, mitad conservadores, no se pudieron poner de acuerdo y la eligieron a ella. Hizo parte del grupo de profesores y jóvenes estudiantes que fundó la Universidad Popular del Cesar, una idea antecedida por la negativa de uno que otro político que pensaba que “ahora todo el mundo quería ser doctor y no quedaría nadie que ordeñara una vaca o limpiara un potrero”, recuerda ella. Creó junto con Ricardo Palmera, más tarde conocido como ‘Simón Trinidad’, el movimiento Causa Común, que cuando llegó el gobierno de Belisario Betancur se unió a la propuesta de diálogo nacional y de paz con la guerrilla de las Farc, que terminó en la creación de la Unión Patriótica.

Vivió para contar el exterminio de ese partido político de izquierda en la región Caribe. De siete concejales y un diputado electo en las votaciones populares del 25 de mayo de 1986 solo sobrevivió Imelda Daza Cotes. Las balas certeras contra la Unión Patriótica en el Cesar acabaron con la vida de 125 de sus militantes. Para salvarse a sí misma, a su esposo y a sus tres hijos de 5, 3 y un año y medio de edad, se refugió en Suecia. También resistió 26 años de exilio “en un país muy extraño” que le abrió las puertas para ser concejal por 14 años del Partido Socialdemócrata Sueco. Volvió a su tierra vallenata para meterse en la carrera por la Gobernación del Cesar a escasos seis meses de realizarse las pasadas elecciones regionales. No ganó, pero su historia, imposible de resumir en estos párrafos, es ejemplo de paz y reconciliación en un país que nuevamente le apuesta a la terminación de un conflicto que no solo ella ha soportado.

EL HERALDO la acompañó durante su último debate al primer cargo del Departamento y después conversó con ella sobre su exilio, su visión de la vida en democracia, el ejercicio de la política, el papel de la educación y la justicia social, y del proceso de paz entre el gobierno colombiano y las Farc.

Política en Valledupar. Habían transcurrido ocho debates y la escena se repitió varias veces hasta el último: Imelda Daza Cotes, sola, en medio de dos sillas vacías. Zoltan Tiroler, su amigo y presidente del comité sueco-cubano, ubicado en el auditorio, la miraba y repetía: “La única que ha llegado es Imelda. Eso no pasaría en Suecia”.

Zoltan la acompañó varias semanas en su austera campaña proselitista, donde a diferencia de carros blindados, impuntualidad, abundancia de publicidad y “compra de votos”, vio en Imelda a una mujer sencilla, capaz, “brillante”, cuyo exilio empezó a escribirse entre el 10 y el 17 de junio de 1987, cuando más de 8.000 campesinos partieron de Norte de Santander, atravesaron el sur de Bolívar y llegaron hasta la mítica plaza Alfonso López, en Valledupar. “Sus peticiones no pasaban de asistencia técnica para los cultivos, construcción de carreteras, puestos de salud, escuelas, los derechos mínimos que tradicionalmente les habían sido negados”, rememora Daza.

La semana siguiente ella y su grupo político empezaron a recibir toda clase de comentarios, dado que la Unión Patriótica, como era natural, medió en las peticiones del campesinado. “El hecho se tomó como una amenaza, casi como un atentado, a nadie se le ocurría pensar que era un evento democrático y que ellos tenían derecho a reclamar”.

Los calificativos fueron escalando y la marcha que en primera instancia había sido referenciada como la “toma campesina de Valledupar”, terminó siendo una “toma guerrillera”. “Lo usual en este país es que a toda persona que proteste, que se queje, que reclame sus derechos, reciba de inmediato el estigma de guerrillero”.

Después de la protesta se dio rienda suelta a una violencia sin freno. Comenzó la eliminación sistemática de militantes de la Unión Patriótica. Ni las advertencias, ni las llamadas amenazantes a cualquier hora, como tampoco la corona de flores que apareció en su antejardín con una tarjeta que invitaba a su propio entierro, lograron expulsar de inmediato a Imelda Daza. Solo una llamada indicando que la hora de su muerte había llegado la mandó directo a Perú donde no recibió el asilo en tiempos del presidente Alan García.

Suecia, la vida en democracia. Llegar analfabeta “porque leía y no entendía, quería hablar y no podía, y me hablaban y tampoco entendía”, fue una sensación muy desagradable a los 41 años y con tres hijos. A pesar de ello, no pudo tener mejor ‘doctorado de democracia’ en el país de inviernos interminables y de una oscuridad que hace casi imposible la vida para un caribeño. “He hecho el mejor doctorado de mi vida en estos 25 años”.

Sus ojos brillan. Imelda conoció a tres pequeños que estudiaban juntos en el mismo salón de clases. Uno era el hijo del dueño de la fábrica más grande de pañales desechables; otro, hijo del médico director del puesto de salud, y el tercero, hijo de la señora que hacía el aseo en la escuela y limpiaba el salón donde su hijo y sus compañeros estudiaban. Los tres siguen siendo amigos hoy. “Eso hace que en una sociedad no haya esa rivalidad tan cerrada como la que hay en Colombia, ni esos resentimientos en la gente de que hay unos preferidos o privilegiados que lo tienen todo”.

Por situaciones como esta a Imelda Daza Cotes le tomó mucho tiempo distinguir quién era realmente rico y quién tenía unos ingresos normales. “Uno no puede estratificar a la gente”.

Cuando por fin pudo trabajar como maestra de secundaria tuvo un alumno que hoy es médico, cuyo padre fue criador de ovejas. De igual manera, tuvo una colega de trabajo muy distinguida profesionalmente, cuyo hijo eligió ser obrero de construcción, y “nadie se complica la vida por eso. Son las maravillas de la movilidad social”.

Todas estas experiencias llevaron a la excandidata a la Gobernación del Cesar que no resultó electa, a conocer el corazón del sistema educativo de Suecia, donde después de casi 15 años logró ser docente de posgrado, como lo fue en su natal Valledupar antes de ser expulsada por la violencia.

Tuvieron que pasar muchos años para que Imelda Daza recuperara sus dos pasiones, la política y la docencia. Y es que además de la muerte de su madre mientras transcurría su exilio en la provincia de Jönköping, en Suecia, lo más duro de salir de Colombia fue tener que romper de manera abrupta con el proyecto político que le daba sentido a su vida.

El dueño de la empresa donde trabajaba su esposo Flavio era un conservador de derecha que identificó muy bien la pasión política de Imelda. Siendo de otra corriente, cosas de la democracia en Suecia, buscó al jefe local del Partido Socialdemócrata Sueco para contarle la frustración que ella sentía. “Terminé vinculándome y de una vez me candidatizaron al Parlamento y al Concejo. Salí elegida concejal. Entendieron que tenía mucha experiencia en la política y verdadera vocación”.

De Galán a Ricardo Palmera. Antes de llegar a la Unión Patriótica, Imelda Daza hizo parte del Nuevo Liberalismo. “Llegué a la política activa de la mano de Luis Carlos Galán Sarmiento y Rodrigo Lara Bonilla, “que era un hombre extraordinario. A mi juicio, Rodrigo era un político mucho más sagaz, mucho más hábil que Galán. Con ellos hicimos una campaña muy interesante. Luis Carlos Galán no conocía la pobreza de este país. Lo paseamos por el sur del Cesar, se conmovió mucho, se sorprendió de lo que vio”.

Pero el galanismo la desencantó, al igual que a sus compañeros, entre ellos Ricardo Palmera, ‘Simón Trinidad’, su compadre. “Nos conocimos en el Instituto Técnico del Cesar, en el año 75”. Imelda recién llegaba de trabajar en el Incora, de donde la habían despedido por promover la reforma agraria. Palmera había culminado sus estudios en Bogotá y había trabajado por un breve tiempo en la Caja Agraria. Su amistad siempre fue “muy abierta, franca y fraternal”. Desde el primer día coincidieron en todo, tenían la misma visión del mundo y de las cosas. “Le temía a los escenarios, no porque fuera un hombre tímido, sino porque tenía claro que su aspecto físico reflejaba una extracción social alta, que no brindaba confianza ni credibilidad en los sectores populares”. Imelda Daza le admiraba y le sigue admirando a Palmera lo mismo que Vargas Llosa al Che Guevara: Siempre dijo lo que pensaba e hizo lo que decía. “Eso mismo digo yo de Ricardo Palmera. Además de ser un hombre de hierro como tituló el libro Jorge Enrique Botero, es un hombre muy coherente, políticamente hablando”. Durante los años que compartieron, justo antes de que sus caminos se alejaran por cuenta del exilio y por la decisión de Palmera de ingresar a la guerrilla de las Farc, Imelda nunca le notó una vacilación.

“Llevaba una vida de estrato alto, vivía muy bien, pero no se vanagloriaba de eso, no lo exhibía tampoco, para él era de alguna manera natural, siempre había vivido bien, pero eso de ninguna manera lo frenaba para pensar como pensaba, para creer que en este país eran necesarios cambios y transformaciones profundas”. Una coherencia que, ratifica Imelda Daza, “lo tiene donde está”.

Perdón y reconciliación. Imelda Daza Cotes llegó a Colombia con la intención de quedarse para siempre. Prefiere que la muerte la sorprenda trabajando en la superación de los problemas en Colombia que “entreteniendo el día a día” en Suecia.

Desde que llegó no se ha sentido ni marginada ni rechazada. “Aquellos que eran mis contradictores, muchos de esos que no querían verme más aquí, hoy sonríen conmigo, me abrazan y saludan. Quiero creer que lo hacen con sinceridad, que soy bienvenida y que se complacen de que esté aquí”.

Está convencida de que los acuerdos de La Habana son saludables. “Es muy importante que tengamos claro el rol que todos debemos desarrollar como ciudadanos para que de verdad los acuerdos se cumplan”.

La excandidata que luchó en la pasada contienda electoral por la Gobernación del Cesar cree que todos de alguna manera hemos aprendido la lección y nos hemos convencido de que la guerra no es el camino para superar los conflictos que tenemos. “No hay una sola familia colombiana que no haya sido afectada por el conflicto”.