Una mirada al exilio

Blando patriae retinebar amore:
ultima sed iussae nox erat illa fugae.

Ovidio

Al parecer el vocablo exilio se encuentra tipificado en todos los lenguajes y dialectos que suenan en el mundo. Mucho antes de que los griegos se apropiaran del concepto, las tribus milenarias, en sus estratagemas por comida y terruños, se habían iniciado en esa práctica que aún perdura. A los miembros de la horda derrotada les quedaba la huída de su lugar de asentamiento como única posibilidad de seguir con vida. No darse a la fuga era exponerse a la muerte, o bien feneciendo ipso facto o prolongando la agonía a través de la esclavitud. Es por eso que el exilio nace como un acto violento originado en la derrota.

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Nuestro lenguaje cobijó esa penuria con la innoble expresión destierro. A partir de esos cruentos choques entre tribus, la dualidad exilio-muerte se dispuso a recorrer el mundo, cogida de la mano, para adherírsele a los mortales como si fuera la sombra de ellos y ni siquiera los ha dejado en paz en sus mitos y leyendas. Veamos. Nuestros antepasados mesoamericanos hablaban del largo destierro del dios Quetzalcóatl para regresar convertido en lucero del amanecer. En otra leyenda, Medea, la bella encantadora de serpientes fue desterrada de Atenas por haberle untado veneno al almuerzo de Teseo. Recuérdese que uno de los destierros que aún indigna fue el ejecutado por un arcángel, espada en mano, contra los huéspedes del paraíso, Eva y Adán. Poco tiempo antes ese mismo arcángel, obedeciendo órdenes superiores, había expulsado del mismo lugar a Lilith, la primera mujer de la creación, por haberse negado a obedecer al pie de la letra a su marido, el caprichoso Adán. Como si el castigo no fuera suficiente, los actuales promotores de la Biblia muy poco se refieren en sus prédicas a esta valiente mujer que no quería estar por debajo ni siquiera a la hora de las caricias.

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En justicia a los sucesos debemos reconocer que los griegos de la antigüedad le dieron un aire innovador a la práctica del exilio. En lugar de la rapidez de la flecha o el filo de la espada, inventaron desterrar a la persona contradictora escribiendo su nombre en conchas o cascajos de cerámica. Los primeros condenados al ostracismo mediante esta práctica fueron hombres de inquietudes políticas. Al destierro marchó Hiparco, favorecedor de escaldas, y también el padre de Pericles. Asimismo el nombre de Arístides, simpatizante de la lucha de los campesinos pobres, fue garabateado con la punta de una daga en una ostra. En la Roma del recién empezado calendario cristiano, el destierro del poeta Ovidio a los confines del imperio habría de inspirarle el poema Tristia, el canto más desgarrador que bardo alguno haya escrito sobre este tema.

Los rudos habitantes de la Última Thule, habrían de poblar Islandia con familias de desterrados políticos. En efecto, el guerrero Harald Cabellos hermosos, leal a una súbita promesa de amor, se dio la tarea de unificar el reino de Noruega. En esa gesta libró cientos de emboscadas y el adversario que no caía atravesado por sus certeras lanzas o rebanado por sus hachas, lo desterraba enviándolo a vivir con su prole a la brumosa Islandia. Serían esos primeros pobladores de la isla quienes en su ejercicio comunitario acuñarían la palabra vikingo. Efectivamente, en su afán de crear órganos de gobierno, dichos exiliados crearon la famosa ting, una especie de juzgado que entre otras tenía la tarea de declarar exiliado a quien su comportamiento en sociedad fuera de lamentar. De las sentencias de destierro en Islandia, y otras naciones nórdicas, nace la atroz condena llamada viking. Quien mereciera esta pena era obligado a rebuscarse la vida mar adentro, lejos de su hogar. El deambular de aquellos condenados los convirtió en hábiles navegadores, intrépidos salteadores y también en descubridores de nuevas tierras. Los monjes de York fueron en múltiples ocasiones despojados de sus panes y riquezas por estos errantes hombres de mar. Asimismo el continente americano sintió primero los borceguíes de vikingo que las botas del genovés Cristóbal Colón. Las hazañas de los desterrados nórdicos dejaron en claro que si el exilio es una derrota, el deber del exiliado es tratar de convertir esa derrota en victoria.

Victor Rojas

Victor Rojas

Jurista, escritor, reside en Suecia
tector@hotmail.com
http://juegodeescorpiones.blogspot.se/
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