Una mirada al exilio

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En las sucias paredes de una cárcel hondureña alguien escribió que la maldita trinidad de los perseguidos era: el encierro, el destierro y el entierro. Sin embargo, el dilema al cual muchos con la sangre hirviendo se han enfrentado es exilio o muerte. En la voluminosa Saga de Nial, se cuenta la historia del guerrero Gunnar de Hilarende, respetado por el tino que tiene con la lanza. Una vez condenado al destierro, el mencionado lancero se dispone a dejar Islandia. Sin dejar de rumiar pensamientos monta su caballo y lo espolea en dirección al navío que lo alejará de su hogar. Cuando van bajando por una colina el caballo resbala y se va a pique con todo y jinete. Al levantarse Gunnar del suelo esparce la vista y se da cuenta de lo hermosa que es Islandia con sus praderas florecidas y sus playas reposadas. Entonces decide no partir al exilio a pesar del riesgo que corría quedándose. Por supuesto que un par de semanas más tarde fue emboscado y dado de baja con un montón de flechas clavadas en el pecho.

Cada episodio referido al exilio aparece motivado por una o varias causas (difieren mucho unas de otras), pero ninguna justifica tal pena. Una historia nos cuenta de la más abominable de esas causas, la calumnia. A don Rodrigo Díaz de Vivar, también corajudo y diestro con la lanza, su acérrimo enemigo lo acusó injustamente de ratería ante el rey Alfonso VI. Esa falsa imputación hizo que el monarca decidiera desterrar al acusado a pesar de ser uno de sus hombres de confianza. Herido en su honor y suspendido el derecho a vivir en su terruño Rodrigo parte al exilio como los perros espantados de las iglesias, con el rabo entre las patas. Ya en lejanas tierras hace alarde de fiereza en el combate, creando así la leyenda del Cid Campeador. He aquí, de paso, otro ejemplo de cómo la derrota del exilio es convertida en victoria.

La historia moderna de los cinco continentes está plagada de destierros, en su mayoría políticos, tanto individuales como colectivos. Para la muestra están alrededor de siete mil personas que se han visto obligadas a cambiar la sonoridad de los riachuelos en las montañas del Curdistán por el ruido de los autos en las calles de Uppsala en Suecia. Estos curdos desterrados han superado el despiste que produce cada encuentro cultural reforzando sus propios códigos culturales con los cuales solucionan los problemas cotidianos, aún con mayor facilidad de la que tenían en su lugar de origen. Como un complemento a ese azaroso cuadro, las autoridades suecas han reportado que al país están entrando anualmente cuatro mil niños solos, venidos de las regiones en conflicto bélico como Afganistán y Siria.

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El panorama en América Latina ha sido aún mucho más desolador. Los sucesivos golpes militares en la región obligaron al exilio a millones de argentinos, brasileros, uruguayos, bolivianos, paraguayos y chilenos. Una décima parte de la población de Colombia vive desterrada en su propio país. El éxodo masivo de campesinos pobres a los suburbios de las grandes ciudades se ha vuelto tan común que ya ni siquiera despierta curiosidad. Más de un millón y medio de colombianos abandonaron familia, amigos y pertenencias, hasta el sol de los venados, en los dos primeros años del nuevo milenio. El destierro no respeta géneros ni edades ni creencias ni oficios ni estados de salud. Desterrados han partido desde zapateros remendones hasta exitosas empresarias. Mutilados y deportistas en pleno apogeo. Pitonisas y eminentes médicos. Destechados y dueñas de hoteles. Soñadores de utopías y agiotistas. Anunciadores de profecías y científicos. Campesinas y mecánicos de autos. En fin. Es de suponer que cada oficio tiene por lo menos un representante en el exilio.

El quehacer de escritor ha sido, y sigue siendo, considerado por muchos gobernantes un arma peligrosa. Una rápida mirada por la ventana del exilio de escritores nos muestra a algunos de ellos. A la escritora argentina Juana Manuela Gorriti le correspondió a principios del siglo XIX iniciar la larga lista de exiliados de la palabra escrita, que por desgracia aún no cesa. El condotiero José Martí y más tarde su compatriota Alejo Carpentier. Un valioso par de la larga cuota cubana. También tuvo que partir con sus letras a otra parte el poeta guatemalteco Otto Rene Castillo. Éste hacedor de versos no tenía ni el más mínimo presentimiento de que al regresar del exilio lo esperaba la más horrible de las muertes. Hecho prisionero en el monte, sus captores prendieron una hoguera donde tiraban las partes del cuerpo que le iban cercenando vivo. Su paisano Miguel Ángel Asturias también vivió las penurias del destierro antes de recibir el Premio Nóbel. El turno le habría de llegar asimismo al ofendido poeta Roque Daltón. Su país, Pulgarcito de América, estaba condenado a verlo regresar para luego llorar su muerte a manos de sus propios hermanos de armas, por el delito de discrepancia. El ecuatoriano Jorge Icasa es otro de los que aparece en la ventana del exilio. Igualmente el novelista Jorge Amado abandonaría, con sus personajes hechos de cacao y los estatutos del Partido Comunista en el bolsillo del pecho, su Brasil del alma. Por el mismo sendero marcharía su coterránea Marcia Theophilo.

Al otro lado de la frontera, donde la tierra se llama Uruguay, cogería el hatillo el cuentista Carlos Onetti, sin darse cuenta que su reloj de bolsillo no marcaba la hora del regreso. Eduardo Galeano y Cristina Peri Rossi le seguirían los pasos, pero con boleto de retorno. Sin tiempo para hacer maletas el supremo Augusto Roa Bastos y Herib Campos Cervera liarían los bártulos involuntariamente de Paraguay, la tierra donde se habla el dialecto que universalizó las ananás. Y el poeta que escribía versos tristes, Pablo Neruda, se ajustaría su gorro de capitán y se haría a la mar, alejándose de Chile. Poco tiempo después del tristemente famoso golpe militar, iría a parar Isabel Allende en Venezuela, Roberto Bolaño en Méjico y Antonio Skármeta en Argentina. Es precisamente en este plateado lugar donde los nombres de los magníficos poetas Mario Benedetti y Juan Gelman conjuntamente con Manuel Puig, Antonio di Benedetto, Clara Obligado, Mempo Giardinelli, Tomás Eloy Martínez, Edgardo Cozarinsky, Noé Jitrik, Alicia Kozameh, Ariel Dorfman, Héctor Tizón y Tununa Mercado habían sido escritos con bayonetas en cascajos de tejas de barro. De los golpes duros que en la vida le propinaron a los peruanos César Vallejo, José Mariateguí y Edmundo Paz Soldán se cuenta el del destierro. En la escuela se acostumbraba a contar que el autor de Doña Bárbara, la guapa devoradora de hombres, era Rómulo Gallegos pero nunca se mencionaba que el escritor tuvo que partir al exilio después de un golpe militar. Como cosa curiosa, Bolivia ha tenido en su historia más golpes militares que escritores y sin embargo a algunos de ellos se les ha negado el usufructo de su lugar de nacimiento. Me llegan a la memoria los nombres de Héctor Borda, Pedro Shimose y Víctor Montoya. Un general de hombres libres, Augusto Cesar Sandino, nunca partió al exilio por rebeldía pero si por haberle cobrado duro a uno que le mentó la madre. En su nombre y con ideas antiimperialistas fueron obligados a levantar velas el poeta que buscaba una bala con alma, Salomón de la Selva y también más tarde sus colegas Claribel Alegría y Daisy Zamora.

Victor Rojas

Victor Rojas

Jurista, escritor, reside en Suecia
tector@hotmail.com
http://juegodeescorpiones.blogspot.se/
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