Vuela pluma, testimonios del destierro

Prólogo

Se vence el exilio cuando el concepto de patria se borra de
un codazo y el espacio de los sueños se hace más grande.

Víctor Rojas

Desde hace más de 35 años he recorrido vastas sendas y compartido innumerables diálogos con mi amigo Víctor Rojas, desde que fue tinterillo de calle en nuestra tormentosa Bogotá a finales de los años 70, hasta estos días, ya convertido en un consagrado escritor. Nos hemos dado consuelo a la hora de las derrotas en los embates del amor, compartido el frío de las caballerizas del ejército —convertidas en celdas para opositores—, acariciado juntos el filo de la muerte y también saboreado la «derrota del exilio».

Aún no deja de asombrarme este amigo de baja estatura, frente amplia y esa sencillez tan suya que lo lanza imperceptiblemente a los brazos de quien cruza su camino. Su corazón abierto de par en par, su inquieta apertura al conocimiento y el tesón que produce la paciencia y la dedicación, lo han convertido en uno de los escritores de la diáspora colombiana más prolíficos y el más galardonado en Suecia, su país de residencia.

En los inicios de nuestras correrías, nunca pensé que algún día tendría la fortuna de presentar ante un cálido público uno de sus libros de poemas, y menos en París. O que me pidiese que le escribiera el prólogo a esta recopilación de notas, luego de largas conversas sobre el silencio del destierro y el olvido al que nos arrojó. Quizás es el combate a este olvido el que transforma jóvenes tinterillos plagados de sueños en escritores. Acaso es la búsqueda de “la venganza del exilio”, la que convierte la derrota inicial en un triunfo merecido.

Los ocho relatos aquí plasmados son producto de una mezcla de leyendas vikingas, de historias de destierros y de encuentros imborrables. Todos, sin excepción —como la mayoría de sus escritos—, están atravesados por unos hilos invisibles que atan en la memoria, en cada vivencia y en cada encuentro esos trazos que lo han ido modelando a lo largo de estos años: la experiencia del exilio, su amor a la literatura y su eterna lucha contra las injusticias y por el respeto y la dignidad de los pueblos. Hablar del destierro o de la lucha no excluye ni el buen humor ni la alegría de vivir, dos puntales que se cuelan en permanencia en los intersticios de estas crónicas, haciendo de ellas un verdadero deleite en su lectura.

Cada uno de estos relatos no son otra cosa que poemas que van y vienen en el tiempo y en los espacios vividos antes y después de su partida del país que nos vio nacer y que luego nos expulsó. Son un regalo de agradecimiento a los aportes de la tierra que lo acogió a través de la recreación de sus leyendas y de sus mitos. No en vano la Academia Sueca valoró sus esfuerzos de promotor de las letras y cultura nórdica otorgándole un premio en el año 2004.

En uno de los relatos copilados Víctor Rojas hace un recorrido magistral entre las sagas de Islandia y el trasegar del exilio. En otro recrea esa “anécdota bien referida” de su amigo uruguayo Pepe Viñoles, periodista refugiado, sobre la celebración en la Casa del Pueblo de Estocolmo —lejos de reyes y embajadores— del Premio Nóbel concedido al creador de Macondo y sus cien años de soledad. Escandalosa festividad, con bailes del Caribe colombiano, artistas suecos y ron Habana Club, en aquella noche invernal del doceavo día del doceavo mes del año 82. Más allá arroja a sus lectores un intercambio entre los dioses vikingos y sus amigos poetas; el premio Nóbel sueco Tomás Tranströmer, la poeta danesa María Wine, el escalda Gunnar Svensson y el escritor Artur Lundkvist. No olvida, por supuesto, hacerle un homenaje al caleño Elmo Valencia mediante la narración de un encuentro suyo, en calidad de editor, con el poeta nadaísta en la Feria del Libro de Bogotá. Asimismo a su hermano de letras Leonardo Rossiello. Y para finalizar la recopilación hace un homenaje delicado, profundo y sincero a nuestro amigo poeta, historiador, literato y militante Carlos Vidales, muerto en el exilio hace pocos meses. Nuevamente, a través de la interpretación de una leyenda nórdica, nos habla del compromiso del poeta Vidales con la paz y la escritura. En esa tónica culmina con la afirmación lapidaria que «la defunción de la guerra es el nacimiento de la poesía».

Vuela pluma es sin duda un testimonio de algunos de los inexplicables senderos que Víctor Rojas fue obligado a transitar desde el día que las fuerzas oscuras de Colombia nos propinaron el destierro.